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El relato de la vida

El relato de la vida

Leía estos días de la mano de Ángel Zapata en Manual para cuentistas que una buena historia siempre gira alrededor de un deseo, y a mi me ha surgido de pronto la pregunta: ¿Es mi vida una buena historia?

Ya no he podido parar. Toda una sucesión de interrogantes se agolpaba en mi cabeza hasta el punto de tener que dejarlo todo y ver si era capaz de dar reflexiva respuesta a todos ellos.

El ejercicio me ha resultado tremendamente interesante y enriquecedor así que lo comparto contigo.

  • ¿Cuál es tu deseo nuclear, tu deseo más íntimo de trascendencia en esta breve vida? ¿Cuál es tu verdadera vocación? ¿Qué herencia quieres dejar?
  • ¿A quién o quiénes debes tu misión o legado y en qué medida? ¿Quién te ha marcado/mandado/bendecido con ese propósito?
  • ¿Quién o quiénes serían, caso de conseguirlo o cambiarlo, parcial o totalmente, los destinatarios de tal logro? ¿A quién/quienes brindarías/dedicarías tu esfuerzo? ¿Estás tú mismo entre ellos?

Sé sincero, no te quedes en la respuesta más obvia, amplia perspectiva, incluye a todo aquel/aquella que merezca estar en cada lista. Dedícale un tiempo, vale la pena.

Bien, continua.

  • ¿Quién o quiénes te han ayudado consciente o inconscientemente en ese empeño? Déjate sorprender a ti mism@. No corras. Repasa tu vida desde sus inicios.
  • ¿Quién o quiénes han sido obstáculo? ¿Alguna coincidencia con la lista anterior? No juzgues en para bien o para mal. ¿Al fin y al cabo te sirvió?

En mi opinión son cinco preguntas que giran en torno a una principal.

¿Quiénes han sido importantes en tu vida?

Todo ello redunda en mi teoría de que yo no soy yo sino una suma ponderada y sinérgica de todos ellos y yo.

¿Cuánto hay en mi del tesón de mi madre? ¿Y de la sensibilidad de mi padre? ¿Y de la espiritualidad de mi hermano? ¿De la resiliencia de mi abuela? ¿De la alegría de mi tía? ¿Del buen humor del podólogo que durante años pasaba por casa? ¿De la fuerza de mi exsuegro? ¿De la admiración por el inocente amor y entrega de mi cuñada?

Somos lo que transmitimos: genética, energía y comunicación. Y la energía ni nace ni muere, sólo se transmite.

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Foto de Zac Durant en Unsplash

Siembra vientos y recoge tempestades. Gestión de Conflictos

Siembra vientos y recoge tempestades reza uno de los mejores refranes vinculado a la gestión de conflictos.

Y es que es verdad, dime dónde te colocas y te diré de dónde te caen los palos.

Desde una perspectiva de Análisis Transaccional, el perdernos en el rol de Padre significa aleccionar al otro y automáticamente posicionarlo como Niño, o, provocar que el otro compita de Padre a Padre por definir la verdad sobre lo que es justo e injusto. Cosa que no es mejor ni peor que el jugar a Niños discutiendo “quién empezó todo”.

Frente a los repetitivos roles de Padre y/o Niño sólo hay una solución: no perder nuestro centro Adulto de mirada fenomenológica y compasiva para que medie entre nuestra propia vulnerabilidad y autoridad, y sólo así pueda dar respuesta ejemplarizante cuando de fuera nos llegue “invitación a entrar al trapo, a entrar en neurótico juego psicológico”

La cosa no es sencilla, y para ilustrarlo dejadme que os ponga un ejemplo.

Abel acude al Maestro quejándose de que Caín le ha pegado. Caín argumenta que antes Abel le ha insultado.

Y es que Caín no le pasaba la pelota y de ahí que sea visto por Abel como un estúpido egoísta. Abel aprendió de su padre que lo importante son las personas, que un equipo no es un equipo si no se abre juego y todos participan en la victoria o la derrota.

Pero Caín tuvo otras enseñanzas. Su padre le dejó claro que si uno quiere avanzar tiene que esforzarse al máximo, orientarse a la tarea e intentar ser el mejor para poder echarse el equipo a las espaldas cuando la situación lo requiera.

Debatir de quién es la culpa es en este sentido enzarzarse en un debate kármico que nos podría llevar hasta el pecado original. Mejor quedarnos entonces en el aquí y ahora y apelar a nuestro Adulto sin juzgar, sólo con el ánimo de aclarar y apaciguar.

¿Quién tiene razón? ¿Qué es lo justo? ¿Quién lo empezó todo? Son preguntas muchas veces sin sentido. Una buena respuesta sería ver los hechos fuera de interpretaciones, analizar los sentimientos que estos han generado en ambos participantes, las necesidades y motivaciones que subyacen en esos hechos, y sólo a partir de ahí señalar caminos alternativos al enfrentamiento o desahogo de pasiones infantiles o no tan infantiles (Y si esto no fue posible en el patio del colegio cuando éramos niños, que lo sea de adultos cuando tropezamos con un agravio)

¿Cuántas riñas, debates o guerras no han empezado por sentir que se está atacando lo que es justo, o en defensa de una pretendida provocación previa?

Dejemos de luchar, dejémonos en paz. Menos “justicia” y más pericia. Que el viento sea suave, ligera brisa aliento de vida.

Foto de Nsey Benajah en Unsplash

Padre nuestro

Padre nuestro que estás en los cielos reza la oración, y a él lo aludimos con frecuencia siendo creyentes o no, pero al otro padre nuestro, al más terrenal, demasiadas veces lo tenemos como mero comparsa.

Es tan grande la magnitud de una madre, tanto el poder y larga figura que proyecta en todos nosotros que en ocasiones ensombrece la figura paterna como si de un accidental acompañante se tratara.

Hoy me gustaría pues reivindicar desde aquí la relevancia de tener bien introyectada la figura paterna, porque si bien la materna nos procura noción de acogida y ternura, la del padre debería nutrir los rasgos de confianza y asertividad.

En mi opinión (corroborada en buena parte por la práctica terapéutica) la actual tendencia a trabajar con impacientes de padres separados y con dominancia residente en casa madre, no hace más que magnificar las deficiencias por no poder sentir en plenitud la paternidad como baluarte.

Cuando la energía masculina huelga por su ausencia y todo se relega al cuidado y (sobre)protección el riesgo de que la autoestima se torne pedante prepotencia se extrema, y sólo el principio de realidad hace entonces con el tiempo de padre duro e inflexible.

Nuestro niño interior cuando está bien nutrido por la energía femenina (normalmente de la madre) necesita llenar los pulmones con otro aliento que le permita lanzarse al mundo con confiada y confiable libertad. Y ahí un buen padre introyectado juega un papel decisivo. Aunque uno tenga cuarenta o cincuenta años se nota si ha conseguido o no interiorizar un padre de sano apoyo y confrontación. La propia autoestima y seguridad en uno mismo dan fe de ello.

A veces este proceso de sano reconocimiento lleva años, incluso en ocasiones uno no llega ya ni a tiempo para poder manifestárselo abiertamente al benefactor, porque este ya falleció.

A veces cuesta encontrar el lado bueno de esa figura parental tanto tiempo oscurecida por su propia u otra sombra.

Pero el trabajo, con ayuda terapéutica o no, vale la pena. Incluso si hay que renunciar a la rehabilitación del padre genético por trauma irrecuperable, y hay que buscar alguna otra figura, masculina o no, que asuma ese rol.

Sin yin y yang, sin figura materna y paterna, sin energía femenina y masculina no hay integración de polaridades, y sin ese trabajo no hay vida propia. La mayonesa requiere huevos y aceite, sin alguno de los dos, la salsa de la vida queda huérfana.

Foto de Harika G en Unsplash

Jugar con fuego

Uno de los juegos psicológicos más conocidos es el que hace referencia a Salvadores, Perseguidores y Víctimas. Se trata de roles complementarios de secuencia alternativa, pero en todos ellos existe la misma toxicidad

En su versión más incipiente o suave descubrimos cierta tendencia a dar consejos (Salvar) apuntar correcciones (Perseguir) o solicitar consuelos (Victimizarnos) pero en su persistencia hay claros apuntes sadomasoquistas. Eso es jugar con fuego.

De hecho, los “Salvadores” esconden un mal aprendizaje en la gestión del miedo, los “Perseguidores” una mala gestión de la rabia, y las “Víctimas” un escaso valor para atajar la tristeza.

Pero la clave está en cómo salir del juego, cómo escapar a ese triángulo de fuego en el que cuando no me quemo por aquí lo hago por allí.

Pues bien, en mi opinión los Salvadores deben aprender a ocuparse más de sí, y despreocuparse del prójimo, los Perseguidores dejar de ver la vida como un Western de guion paranoico, y los Victimistas contrariamente reclamar un mayor protagonismo para empezar a liderar su propia vida.

Eric Berne y luego también Claude Steiner en “Los guiones que vivimos” detallan muchos otros juegos psicológicos que nos complican la vida. Y en general basta con estar atentos a esos roles neuróticos que sin querer hemos asumido y que nos llevan a repetir y repetir tropiezos con las mismas piedras.

Valgan a título de ejemplo los casos de “Caperucita roja” o el “Pata de palo”. En el primer juego ilustrándose cómo a veces nos empeñamos en construir todo un guion de catástrofes a nuestro paso culpando sólo a los lobos de tanto mal. Y en el segundo, atendiendo a cómo otras veces nos escudamos en algún hándicap real pero puntual para matar todas y cada una de nuestras opciones de mejora.

Asumir la responsabilidad de hacernos algo más felices implica un entreno para traducir dificultad en oportunidad al cambiar toda acción teórica futurible e idealizada por una actividad más práctica, presente y valiosa. Y es que la vida no es obligación sino vocación.

Nadie dijo que fuese fácil, pero el premio es gordo: salirse del juego, escapar a la “adicción”, significa repeler de manera “natural” a otros tóxicos jugadores y atraer en paralelo a la gente sana que busca vínculos limpios de polvo y paja. Está claro que vale la pena.

Foto de Patrick Hendry en Unsplash

 

No todo vale.

En esta ocasión, y por motivos de coincidencia personal, quiero escribir sobre la ética profesional en el área de las terapias naturales, alternativas o como se las quiera llamar.

Creo firmemente que nuestra sociedad aún adolece de canales serios de acompañamiento holístico y/o espiritual y eso está dando pie a multitud de “profesionales” que, aprovechando la cerrazón de la ciencia y la religión tradicionales, se atreven (o nos atrevemos) a ofrecer soluciones que estas primeras, históricamente mejor asentadas, etiquetan como poco ortodoxas o directamente como peligrosas.

Mi particular opinión es obvia: dado que la sociedad, la gente, cambia a gran velocidad, si no exploramos nuevas vías todo lo conocido queda obsoleto. Y con ello digo SÍ a lo nuevo, a lo alternativo, a lo humanista y de aproximación abierta y franca al ser humano como un todo que vincula mente y cuerpo, individuo y entorno, personalidad y unidad. Pero NO al todo vale, a la falta de ética y humildad que nos lleva a acoger cualquier impaciente, cualquier cliente, cualquier problemática.

Uno debe saber reconocer sus límites, porque sin límites no hay confianza ni puede haber ética profesional.

En nuestra era dónde lo títulos ya no son lo que eran, dónde la experiencia y la apariencia lo son casi todo, la necesidad de una ética íntima, personal y profesional se hace aún más necesaria.

Lo mínimo que le podemos/debemos exigir a un terapeuta, a un “sanador” o a un gurú es transparencia y criterio. Sin estos dos pilares la oferta es sin duda un fraude, llámese remedio milagro, constelación o rebirthding.

Sí, me considero partidario de eliminar barreras, de acercarnos más humanamente al paciente que viene a vernos en busca de acompañamiento, pero no rotundo al dar gato por liebre, al si cuela, cuela, al yo a lo mío. Y en caso de duda, tira palante.

No, la ética profesional de quienes nos dedicamos en parte o a pleno rendimiento a la ayuda y acompañamiento del prójimo deberíamos firmar un juramento hipocrático de ética profesional en el que figuraran los límites de nuestro conocimiento desde la más completa humildad, y con ello pues tener la capacidad de discernir con justo criterio cuando derivar a quien buenamente nos llegue pero no sea de nuestro alcance, a quienes puedan dar mejor respuesta a sus demandas.

En resumen, no a la temeraria prepotencia, sí a la sincera compasión que tal vez no llegue siempre al éxito, pero nunca al daño (por expresión o por omisión, por prescripción o por inhibición)

Foto de Diane Picchiottino en Unsplash

El triángulo dramático, desdramatizado.

Bien conocido es el Triángulo dramático de Karpman como uno de los juegos psicológicos más frecuentes en las relaciones sociales.

Podría decirse que todos, en algún momento, jugamos el rol de “salvador”, “perseguidor” o “víctima” aunque desconozcamos que da igual la posición que ocupemos, porque, invariablemente iremos luego alternando posturas dentro de ese espacio a lo largo del tiempo.

De todas formas, el corolario de matización a lo anterior es que, sí es cierto que “todos” tenemos cierta propensión a entrar en juego desde uno u otro extremo.

¿Quién no se reconoce como recalcitrante victimista? ¿Quién no se descubre “salvando” a todo dios? ¿Quién no advierte su faceta castigadora, con los otros, o consigo mismo? Y no sólo eso, si no que en función de dónde nos coloquemos (Oh! Qué casualidad) toparemos una y otra vez con “jugadores” propensos a la otra demarcación. Es lo que en términos de Análisis Transaccional (Eric Berne) se llama guion de vida: patrón de repetición, que no destino de malagüero.

Pero quisiera aprovechar este foro para hablar de lo que en mi opinión hay detrás de cada una de estas figuras. Detrás del “salvador” parece que se esconde una mala gestión del MIEDO. Detrás del “perseguidor” deficiencias en la administración de la RABIA. Y detrás de la “víctima” un enfermizo apego a la TRISTEZA.

Raíces que se evidencian en la intensidad con que el primero da CONSEJOS, el segundo CONFRONTACIONES aleccionadoras y el tercero busca CONSUELOS.

Pero, en fin, la pregunta no deja de ser ¿Cómo podemos ayudar (o ayudarnos a nosotros mismos) si nos descubrimos frecuentando alguno de estos tres roles?

Mi sugerencia es dejar de contarnos oscuras “pelis de malos” y abrir tres puntos de luz:

  1. Transformar nuestro papel de víctima en protagonista. ¿Qué podemos hacer para “salir del hoyo” cuanto antes?
  2. Invitar a los “salvadores de la patria” a convertirse en simples “acompañantes de reparto” ¿Cómo podemos andar juntos sin tantas palabras, rigideces ni supremacías?
  3. Poner límites a los “perseguidores de la verdad” para hacerles ver que “la vida no es un western”, que “sin el maquillaje” de la perfección, todo es menos de “cartón piedra” Y que cada uno crea su verdad según percibe su realidad ¿Qué te voy a contar que tú no sepas?

Los sabios dicen que “fuera del cine” no hay “pelis de buenos y malos” sino vida a disfrutar y oportunidades para aprender. Salgamos pues de una vez fuera de la sala donde proyectamos ese juego psicológico para poder vivir y dejar vivir como Dios manda.

Foto de Alex Woods en Unsplash

El lobo y el cordero.

Es consabido que patología llama patología. Una mente neurótica se siente a priori más acompañada por otra mente neurótica que no por un personaje equilibrado. Lo cual, visto en positivo, hace que cuando uno se siente bien consigo mismo, cuando el “ruido” metal es atemperado, no acudan junto a él tantos “jugadores psicológicos” que sólo pretenden perpetuar sus neurosis y seguir tristemente un guion de vida sin personalidad propia.

De todo ello se deduce que es muy importante tomar conciencia de dónde nos colocamos nosotros para que “ese tipo de gente” no se acerque sistemáticamente a nuestra vera.

Está claro, si voy de víctima por la vida no haré más que encontrar papas salvadores, si voy de lobo, andaré (más o menos conscientemente) buscando tiernos corderos a los que atrapar. Una cosa lleva a la otra, y no caer en la cuenta de que esta dinámica es real, significa entrar en el mundo de la culpa sin dar opción a la mutua responsabilidad.

Es cierto que esa responsabilidad no siempre está equilibrada al 50%, pero no lo es menos que está mucho más a nuestro alcance cambiar lo que a nosotros concierne que no fantasear con cambiar al otro.

La pregunta clave en todos estos casos es ¿Qué hago yo para merecer esto? ¿Cuál es mi postura, discurso o maneras para que atraiga regularmente a “este tipo de personas”?

Como decimos en Comunicación No Violenta, este tipo de preguntas invita a dotarnos de explicaciones generativas, argumentos en favor del cambio y la mejora, en lugar de excusas en favor de la queja y la crítica.

Todo ello nos lleva a reflexionar sobre el porqué nos gusta tanto el echar balones fuera. Aunque la respuesta es obvia: es más fácil ver la paja en el ojo ajeno que la viga en el propio, y ya no digamos el atribuir la culpa de todo a esa paja y no a la viga. De ahí que sea importante recordar lo expuesto anteriormente: que al no entrar al trapo, al no “hacerle el juego” al neurótico, no sólo le hacemos un favor, sino que nos ganamos un espacio de paz entre la gente algo más saneada.

Todo lo expuesto, como he comentado en más de una ocasión, llega a ejemplos paradigmáticos cuando atendemos al triangulo dramático de Karpman: Salvador-Perseguidor-Víctima. He visto tantos Perseguidores y Víctimas emocionalmente enganchados simbióticamente como Salvadores apegados a falsas Víctimas siempre en relaciones tóxicas y en muchos casos no poco duraderas. Y es que cómo se ha mencionado en la primera línea: patología llama patología.

Moraleja: No quieras ser lobo con piel de cordero ni oveja con dientes de león. La honestidad y la autenticidad tienen premio.

Foto de Federico Di Dio photography en Unsplash

Víctimas verdugo.

Si descartamos a los “perseguidores”/castigadores de comunicación imperativa o invasiva, a los “salvadores” de lenguaje seductor o paternalista, y a los “victimistas” de discurso manipulador y largos silencios pasivo-agresivos, no queda títere con cabeza.

Pero hoy quisiera poner el foco en estos últimos, aunque soy muy consciente de que los tres roles resultan en la mayoría de las ocasiones sucesivamente alternados entre los que participan en ese juego psicológico de triangulo letal.

La sociedad actual, demasiadas veces anclada en el desánimo y la pereza, invita especialmente a la queja y crítica sistemáticas, lo que sin duda multiplica el número de “víctimas”. El victimismo se contagia, y entonces, nadie hace nada.

Ir de víctima se convierte en un tan arraigado como respetable hábito, y uno llega incluso a sabotear cualquier atisbo de recuperación en aras a dar credibilidad a tan “triste” situación.

Está claro, es más cómoda la “zona de confort” que la “zona de disconfort” dónde hay que poner decisión, esfuerzo y determinación encima de la mesa. La rabia, el amor propio, la reacción personal parecen mal vistos, es “mejor” la culpa, la docilidad aparente y la pasividad exasperante.

Quejarse y criticar parece que prima sobre el sobreponerse y trabajar. ¿Hemos olvidado aquello de “la fuerza de voluntad”, “la resiliencia”, “la capacidad de recuperación”, “las fuerzas de flaqueza”?

Nada más lejos de mi intención que ignorar o menospreciar la vulnerabilidad, hipersensibilidad o franca apertura a nuestras innegables carencias, pero no sin apuntar a un vivo, sentido y lúcido objetivo: hacer de ello humana palanca de recuperación, empatía y solidaridad.

Porque ir sistemáticamente de víctimas por la vida es lo menos solidario que existe, y lo afirmo por varias razones:

  1. Hacer del victimismo un hábito conduce invariablemente a “profecía autocumplida”: “Si no lo soy, lo aparento. Y si ya no cuela, lo propicio.”
  2. La “víctima” siempre descansa en “salvadores” que acabarán siendo “perseguidores” de ese personaje que persiste en no querer salir de tan desgraciado rol.
  3. Todos ellos, “Víctimas” “Salvadores” y “Perseguidores”, se retroalimentan jugando a una dinámica tóxica que acaba siempre con un tumulto en la casilla de salida: Todos “víctimas verdugos de sí mismos”

En resumen, para abandonar el vicio del victimismo es necesaria una determinación contundente que exige una autoestima bien dotada. La prepotencia mal alimentada no sirve; está demostrado que esa lleva al pasotismo.

Dicho de otra manera, si tenemos problemas de autoestima, veamos cómo podemos de verdad alimentarla, y, si necesitamos ayuda (ACOMPAÑAMIENTO) pidámosla, pero no nos dejemos “salvar” sistemáticamente, puesto que eso nos condena a cadena perpetua.

Foto de Markus Winkler en Unsplash

Asertividad y vínculo afectivo.

¿Cómo superar el enamoramiento sin ver verrugas dónde antes veíamos preciosos lunares? ¿Cómo dejar de sacrificar nuestra vida en aras a evitar la soledad? ¿Cómo soltar lo que está acabado? ¿Cómo salvar una relación que se está desangrando por momentos?

¡Son tantas las preguntas que nos surgen alrededor de las relaciones de pareja! ¡Y tan pocas las respuestas fiables!

Pero también debemos admitir que todo es muy sencillo si no lo complicamos, y, por lo que se refiere al amor de pareja, válgame, Dios, si lo complicamos.

En mi opinión, toda relación saneada anda sobre dos patas: la empatía que me sintoniza con el otro, y la asertividad que me actualiza con el momento. Es decir, apoyo y confrontación, pero ¿En qué medida? ¿Dónde se encuentra el equilibrio?

Vayamos por partes: veamos qué valorar y qué evitar.

A valorar seriamente está la sintonía, la conexión que nos une a cuatro niveles: sexual, emocional, intelectual y espiritual. No es sólo decirnos si mínimamente funciona o no, sino preguntarnos ¿Qué peso/importancia tiene para mi cada uno de esos capítulos? ¿Es para mí la sexualidad un nexo clave? ¿Es lo espiritual o kármico un tema fundamental? ¿Hasta qué punto me afecta o admira el nivel cultural o social? ¿Qué predomina y qué sólo acompaña?

Pero no todo acaba ahí, también hay que evitar el caer en dependencia o apego ansioso (invasivo) evitativo (temeroso) o caótico (“Ni contigo ni sin ti”) para que toda esa teoría fluya en lo emocional. Y no basta con la voluntad, hay que preguntarse ¿Qué historial arrastro yo en ese aspecto? ¿Qué es lo que se me repite? O mejor dicho ¿Qué hago yo para que se me repita?

Y en cuanto a la asertividad, habrá que estimar si se da la suficiente sinceridad como para limpiar vínculo continuamente. ¿Hablamos frecuentemente de manera clara, directa y amorosa? ¿Hemos aprendido a evitar el “sincericidio” y los silencios pasivo-agresivos?

Reconocer el “idioma emocional” propio de mi pareja y adaptarme a él puede resultar algo decisivo. Pero hablar claro y decir NO sin culpa o SÍ con entusiasmo, también.

En resumen, si queremos ir más allá del enamoramiento y la dependencia afectiva, hay que saber lo que queremos, expresarlo con tanto amor como contundencia, valorar lo que se nos da y soltar lo que en el fondo bien sabemos que no es para nosotros. Ah! Y practicar, practicar, practicar…

PS. Por cierto, si estás en Barcelona no te pierdas la charla gratuita sobre este tema que doy esta misma tarde a las 19.00h en Lesseps, y/o infórmate sobre el Taller completo en el que trabajaremos en profundidad la teoría y práctica de la comunicación y el vínculo afectivo a partir del viernes 21 de octubre por la tarde.

Foto de Morgan Basham en Unsplash

Siete preguntas para entrar en terapia.

Está claro que la terapia es un proceso, un viaje que no se circunscribe a unas pocas sesiones, sino que implica toda una transformación, un crucero hacia el despertar de una mayor autenticidad y autorregulación.

Y ese proceso es único e intransferible para cada un@ de nosotr@s.

Pero dado que todo gran viaje empieza por unos primeros pasos, me he propuesto esbozar algunas preguntas que, a modo de apuntes, por lo menos para mí, facilitan el acompañamiento en esa iniciación.

Si bien es cierto que durante todo el trayecto debe flotar en el ambiente la escucha empática, porque sin escucha no hay vínculo sino monólogo, y sin vínculo no hay terapia, también lo es que hay algunas preguntas que facilitan la confrontación de lo neurótico y el rescate de lo genuino.

Venga pues mi selección:

  1. ¿Cómo estás? Esta es una “pregunta trampa” porque invita a una respuesta valorativa (de bien o mal) pero que evidencia nuestra absurda tendencia a lo estereotipado y socialmente aceptado. Con esta primera pregunta podemos resituar el tema en algo más descriptivo (tranquil@, intranquil@…) y empezar a vislumbrar intereses y/o inquietudes.
  2. ¿Qué necesitas? Ahí ya entramos en materia. Pronto desvelamos si nos habla desde la razón, desde la emoción o desde la pulsión más reactiva y visceral. No está de más chequear las tres instancias (los tres Daitanes) ¿Qué necesita tu mente, tu corazón, tu cuerpo…?
  3. ¿Qué se te está moviendo al hablar de ello? En algún momento puede que asome algo de vivencia, de emoción (una ralentización del habla, un gesto, una lágrima…) El terapeuta siempre explora ¿Resuena o Resbala? En estos primeros momentos se trata de indagar ¿Dónde le duele? Y eso no es en absoluto evidente, requiere de cierta habilidad para alternar apoyo y confrontación.
  4. ¿Dónde lo sientes? El cuerpo nunca miente. El cuerpo es un gran indicador de dolencias ocultas a la razón. Un dolor o un nudo de garganta puede ser reflejo de una necesidad no expresada, un dolor de muelas una rabia contenida, un nudo en el estómago miedo a afrontar un conflicto… No hay correspondencias estándar, como he mencionado todo esto es un proceso de indagación y descubrimiento conjunto con el paciente, pero que bien llevado puede conducir a catarsis muy sanadoras.
  5. Si fueses un objeto (o una casa) ¿Cómo lo/la describirías? (Hazlo en presente y primera persona) El trabajo proyectivo también es de gran ayuda. Menos cháchara y más esencia. La proyección evita en buena parte la autocensura y eso es buena noticia para avanzar hacia la autenticidad.
  6. Si estas lágrimas pudieran hablar ¿qué te dirían? Llegado el momento profundizar en la vivencia puede ser una excelente terapia existencial, porque muchas de nuestras lágrimas son lagrimas ancestrales que nos llegan heredadas de otras generaciones. Como todos sabemos, llorar es muy terapéutico. Y Irvin Yalom nos lo facilita al proponer esta pregunta tan sabiamente estudiada.
  7. ¿Qué te llevas del encuentro de hoy? Toda sesión debe tener un cierre. No es bueno dejar la herida abierta. Aunque sea una “cura parcial” hay que concretar si ha habido avance y en qué sentido. Eso sólo lo sabe el impaciente y hay que preguntárselo. Las sorpresas son frecuentes.

En fin, esta es mi guía de primera instancia (que puede quedar resumida en una sesión, o desplegarse lentamente en decenas de sesiones) pero, en cualquier caso, es sólo un apunte iniciático, puesto que luego, la adecuación al aquí y ahora, va a resultar determinante para afinar sintonía y reafirmar vínculo en cada paso.

Foto de Priscilla Du Preez en Unsplash