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Padre nuestro

11 abril, 2024

Padre nuestro que estás en los cielos reza la oración, y a él lo aludimos con frecuencia siendo creyentes o no, pero al otro padre nuestro, al más terrenal, demasiadas veces lo tenemos como mero comparsa.

Es tan grande la magnitud de una madre, tanto el poder y larga figura que proyecta en todos nosotros que en ocasiones ensombrece la figura paterna como si de un accidental acompañante se tratara.

Hoy me gustaría pues reivindicar desde aquí la relevancia de tener bien introyectada la figura paterna, porque si bien la materna nos procura noción de acogida y ternura, la del padre debería nutrir los rasgos de confianza y asertividad.

En mi opinión (corroborada en buena parte por la práctica terapéutica) la actual tendencia a trabajar con impacientes de padres separados y con dominancia residente en casa madre, no hace más que magnificar las deficiencias por no poder sentir en plenitud la paternidad como baluarte.

Cuando la energía masculina huelga por su ausencia y todo se relega al cuidado y (sobre)protección el riesgo de que la autoestima se torne pedante prepotencia se extrema, y sólo el principio de realidad hace entonces con el tiempo de padre duro e inflexible.

Nuestro niño interior cuando está bien nutrido por la energía femenina (normalmente de la madre) necesita llenar los pulmones con otro aliento que le permita lanzarse al mundo con confiada y confiable libertad. Y ahí un buen padre introyectado juega un papel decisivo. Aunque uno tenga cuarenta o cincuenta años se nota si ha conseguido o no interiorizar un padre de sano apoyo y confrontación. La propia autoestima y seguridad en uno mismo dan fe de ello.

A veces este proceso de sano reconocimiento lleva años, incluso en ocasiones uno no llega ya ni a tiempo para poder manifestárselo abiertamente al benefactor, porque este ya falleció.

A veces cuesta encontrar el lado bueno de esa figura parental tanto tiempo oscurecida por su propia u otra sombra.

Pero el trabajo, con ayuda terapéutica o no, vale la pena. Incluso si hay que renunciar a la rehabilitación del padre genético por trauma irrecuperable, y hay que buscar alguna otra figura, masculina o no, que asuma ese rol.

Sin yin y yang, sin figura materna y paterna, sin energía femenina y masculina no hay integración de polaridades, y sin ese trabajo no hay vida propia. La mayonesa requiere huevos y aceite, sin alguno de los dos, la salsa de la vida queda huérfana.

Foto de Harika G en Unsplash

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