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Víctimas verdugo.

4 noviembre, 2022

Si descartamos a los “perseguidores”/castigadores de comunicación imperativa o invasiva, a los “salvadores” de lenguaje seductor o paternalista, y a los “victimistas” de discurso manipulador y largos silencios pasivo-agresivos, no queda títere con cabeza.

Pero hoy quisiera poner el foco en estos últimos, aunque soy muy consciente de que los tres roles resultan en la mayoría de las ocasiones sucesivamente alternados entre los que participan en ese juego psicológico de triangulo letal.

La sociedad actual, demasiadas veces anclada en el desánimo y la pereza, invita especialmente a la queja y crítica sistemáticas, lo que sin duda multiplica el número de “víctimas”. El victimismo se contagia, y entonces, nadie hace nada.

Ir de víctima se convierte en un tan arraigado como respetable hábito, y uno llega incluso a sabotear cualquier atisbo de recuperación en aras a dar credibilidad a tan “triste” situación.

Está claro, es más cómoda la “zona de confort” que la “zona de disconfort” dónde hay que poner decisión, esfuerzo y determinación encima de la mesa. La rabia, el amor propio, la reacción personal parecen mal vistos, es “mejor” la culpa, la docilidad aparente y la pasividad exasperante.

Quejarse y criticar parece que prima sobre el sobreponerse y trabajar. ¿Hemos olvidado aquello de “la fuerza de voluntad”, “la resiliencia”, “la capacidad de recuperación”, “las fuerzas de flaqueza”?

Nada más lejos de mi intención que ignorar o menospreciar la vulnerabilidad, hipersensibilidad o franca apertura a nuestras innegables carencias, pero no sin apuntar a un vivo, sentido y lúcido objetivo: hacer de ello humana palanca de recuperación, empatía y solidaridad.

Porque ir sistemáticamente de víctimas por la vida es lo menos solidario que existe, y lo afirmo por varias razones:

  1. Hacer del victimismo un hábito conduce invariablemente a “profecía autocumplida”: “Si no lo soy, lo aparento. Y si ya no cuela, lo propicio.”
  2. La “víctima” siempre descansa en “salvadores” que acabarán siendo “perseguidores” de ese personaje que persiste en no querer salir de tan desgraciado rol.
  3. Todos ellos, “Víctimas” “Salvadores” y “Perseguidores”, se retroalimentan jugando a una dinámica tóxica que acaba siempre con un tumulto en la casilla de salida: Todos “víctimas verdugos de sí mismos”

En resumen, para abandonar el vicio del victimismo es necesaria una determinación contundente que exige una autoestima bien dotada. La prepotencia mal alimentada no sirve; está demostrado que esa lleva al pasotismo.

Dicho de otra manera, si tenemos problemas de autoestima, veamos cómo podemos de verdad alimentarla, y, si necesitamos ayuda (ACOMPAÑAMIENTO) pidámosla, pero no nos dejemos “salvar” sistemáticamente, puesto que eso nos condena a cadena perpetua.

Foto de Markus Winkler en Unsplash

Comentarios (4)

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