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Pulsión ¿enfado o autorregulación?

13 marzo, 2021

Frente a cualquier estímulo, en el espacio de un latido se producen multitud de cargas y descargas neuronales. La pulsión inicial, en la que convergen instinto, impulso y sabia intuición sobre lo que necesitamos, nos invita a reaccionar sin embargo con visceralidad, interpretando a la velocidad del rayo que es “lo que más nos interesa”. En esa primera lectura, dictada por la supervivencia, siempre subyace un juicio sumarísimo en el que prima el egocentrismo.

Frente a cualquier desengaño, por ejemplo, lo más primario es tirar de mecanismos neuróticos: la reacción de culpa (retroflexión) crítica (proyección) o represión que niega y arriesga a futuras somatizaciones. Ahí no valen consejos ni reflexiones, prima el “Yo sí sé. Tú no sabes.” (lo que me pasa, y cómo he de resolverlo) Carta abierta para que campen a sus anchas todos los sentimientos infantiles carenciales (espiritualidad pueril incluida)

Pero si somos capaces de abrir brecha y darle un mayor espacio a nuestro enfado, tal vez podamos sacar verdadero provecho a la situación. La clave pasa por decirse: “Cuando él/ella dice/hace (o cuando me pasa esto o lo otro)… yo siento…(emoción) porque eso me conecta con… (un pasado, una experiencia, una creencia) y sí, eso me hace ver que yo necesito… (sentir…)” Esa es sin duda la vía que nos permite pasar del enfado al crecimiento y la autorregulación.

El enfado debería ser pues una alerta para ver qué me está pasando, qué me pasa A MÍ, AQUÍ Y AHORA, con esta situación (de conflicto, de aburrimiento, de abandono…) siendo siempre conscientes de que “la herida” es antigua, y es nuestra; el otro, en todo caso, no hace otra cosa que tocarla (y recordárnosla)

El ejercicio terapéutico pues, es siempre acompañar y “darnos permiso” para sentir ese dolor nuestro, genuino y totalmente lícito. No consolar, no cortar la emoción y tapar “la herida con algodones”, sino evidenciar que ahí tenemos un trabajo a hacer, un duelo a transitar.

Valorar y juzgar lo hacen los jueces, el resto de los mortales lo que hacemos es interpretar y opinar, pero ni una cosa ni otra gusta a nadie, porque todos tenemos en cierta medida de niños una herida de juicio imperativo, y una necesidad, no del todo cubierta, de amor incondicional. Por lo tanto, se trata de amar más, salvar menos, acompañar y escuchar más, valorar y juzgar menos.

La compasión fruto de esa comprensión es lo que nos permite pasar del egocentrismo a la generosidad, de la neurosis a la ascesis (“práctica encaminada a la liberación del espíritu y el logro de la virtud”, según la RAE ?)

Photo by Mikail Duran on Unsplash

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