Ir al contenido principal

La familia. Cose di cosa nostra.

20 marzo, 2021

Una de las múltiples enseñanzas zen nos dice que no podemos asegurar que nuestra iluminación sea verdadera hasta que no hayamos vuelto al “mercado” y sea puesto a prueba nuestro sereno equilibrio. No basta pues con un dechado de virtudes en soledad, hay que demostrarlas en sociedad.

Dado que hoy en día los retiros no acostumbran a ser ni tan frecuentes ni tan largos, y que lo de bajar al mundanal ruido del “mercado” es tan habitual, yo me atrevería a decir que no es prueba suficiente. La verdadera prueba de fuego está en las relaciones familiares. Si uno es capaz de sobrellevar con dignidad todos los vínculos con la familia al completo (padres, hijos, primos, abuelos, maternos y paternos, por lo menos) podemos decir que vamos camino de la budeidad. ?

No es casualidad pues el actual auge de lo que se ha convenido en llamar “constelaciones familiares”, y ahí, bajo mi punto de vista, no hay nadie tan hábil como Peter Bourquin para bucear sin esoterismos añadidos en heridas que en muchas ocasiones escapan incluso al recuerdo personal.

Peter sabe demostrarnos que heredamos sentimientos, emociones, actitudes y asuntos no resueltos que se revelan en nosotros sin una lógica y racional explicación. Y no sólo eso, sino que al trabajarlos con él podemos reubicarlos y cerrar heridas que llevan varias generaciones abiertas.

Lo indecible de los abuelos, se vuelve innombrable en los padres y, aunque se siente igualmente, resulta impensable para los hijos.

Pregúntate dónde están tus simpatías (filias/amores) y antipatías (fobias/odios) más irracionales y entrarás en la pista de esas herencias transgeneracionales. Pero los ancestros pueden ser también fuente de sanación.

En primer lugar, hay que reconocer que la memoria es una gran mentirosa, y asumir que, salvo casos extremos, ninguna familia es un problema en sí misma. El tema es ver cómo me he ubicado yo en relación con los otros miembros, y luego trabajar el “orden natural del amor” para “recolocar” los afectos.

Por ejemplo, todo niñ@ sueña con la felicidad de sus padres, y en su pensamiento mágico cree poder conseguirlo, pero eso está fuera de lugar, porque no está en sus manos, y desvivirse por eso es perder el tren de su propia vida. En ese sentido, el mayor regalo que puede hacer un@ hij@ a sus padres es vivir plenamente, porque eso y no lo inverso es lo único que puede reconstruir el orden natural de las cosas. Las constelaciones nos permiten tomar conciencia de nuestras “misiones imposibles” a fin de poder abandonarlas en beneficio de las que sí están a nuestro alcance.

En fin, el tema da para mucho, pero vamos a dejar algo para la terapia personal. Quedémonos para acabar con la clásica pregunta que lanza siempre Peter a la audiencia: ¿Para qué vienen los hijos al mundo?

Y la respuesta es: Para decepcionar a sus padres.

Mmm… nada tan paradójico ni tan real, porque lo que en el fondo planea el padre, poco tiene que ver con lo que desea la madre, y… normalmente, casi nada con lo que en realidad quiere la hija o el hijo (a menos que estos se sobre adapten y sacrifiquen consciente o inconscientemente su proyecto vital al de sus antecesores)

Por lo tanto, como ya apuntaba Rilke, seamos claros: “Evitemos incrementar el drama entre padres e hijos. Creamos en el amor como una feliz herencia.”

Photo by Simon Rae on Unsplash

Comentarios (16)

💬 Comparte tu opinión

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *