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Dios mío, por fin solos.

10 abril, 2021

Desde hace ya muchos años, la televisión, las redes y todos los medios en general nos invitan constantemente a ver la muerte como un espectáculo público cada vez más truculento y deshumanizado, con lo que se pierde la oportunidad de contemplarla como una inmejorable ocasión para una exploración más íntima e individual.

Desde hace ya más de 25 siglos, el zen propone un “Memento mori” (Recuerda que vas a morir) vivificante, en el que la vejez, la enfermedad y la muerte inevitable no son sino acicates para aprovechar mejor el momento, y vivir el aquí y ahora en plenitud.

Entre estos dos mundos se abre todo un abismo de vidas perdidas en la distracción, la inercia y los automatismos serviles al algoritmo imperante. Ya sabemos que la hiperactividad y las absurdas cavilaciones neuróticas son los dos principales analgésicos de la emoción. Lo que paradójicamente nos lleva a exigir cada vez una mayor intensidad para “sentir algo relevante”.  En ese contexto, el zen de las pequeñas cosas se me antoja como privilegio de unos pocos.

Pero, en fin, seamos positivos ¿Cómo recuperar el ánimo para ver realmente en la muerte una maestra de vida?

La respuesta es obvia, el camino es la meditación: el dejar hacer (que no es lo mismo que el dejar de hacer) y el dejar de pensar que somos lo que pensamos (derivado de nuestra cultura cartesiana “Cogito ergo sum”)

Ahí me vale el símil del cocktail emotivo-racional que somos todos, un mix de agua y aceite en constante actividad arriba y abajo, y en perpetua agitación mental hacia adelante y atrás mareando nuestras contradicciones. Basta con parar, detenerse y dejar fluir un ratillo el presente, la respiración, para observar que la emoción y la razón pueden convivir en armonía. Basta con abandonar las prisas y los juicios sumarísimos para que, sin mayor esfuerzo, agua y aceite se aclaren y distingan.

Entonces, y sólo entonces, podremos contemplar serenos el vaso medio vacío de la abundancia: ¿Qué tiene la vejez que no tenga la juventud? ¿Qué tiene la enfermedad que no tenga la salud? Y en última instancia ¿Qué tiene el “examen final” de la muerte que no tenga una vida insustancial?

El maestro Eno (sexto patriarca considerado como padre del zen moderno 638-713 de nuestra era) decía que la meditación nos conecta con lo que somos ahora, lo que fuimos antes de nacer, y lo que seremos después de nuestra muerte.

¿Podríamos entender con ello que la meditación es el wifi que nos conecta en profundidad con la condición humana? ¿Con Dios?

Mmm… entonces podemos decir que en la muerte estamos tan solos como inmejorablemente acompañados.

Simplemente salimos del controlado y cuidado jardín de nuestro ego al hermoso y confiado bosque de nuestro Ser.

Photo by Annie Spratt on Unsplash

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