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Yo soy así. Yo no cambio.

4 abril, 2021

Siempre he pensado que cuando alguien dice “Yo soy así” está zanjando por las bravas un tema que podría ayudarle a avanzar en el camino hacia su propia felicidad. Tal vez trate de expresar su falta de ánimo para sostener la presión a la que se siente sometido en ese momento con el dialogo en curso, pero incluso en ese caso, sería mejor decir claramente: “No quiero hablar ahora de este tema.”

En la mayoría de las ocasiones, la frase es indicativo de rigidez y triste atrincheramiento, aún cuando se exprese acompañada de una amplia sonrisa de autocomplacencia. Hay en el fondo de ella un cúmulo de emociones: miedo al cambio, rabia por no encontrar alternativas y/o simple tristeza por sentirnos descorazonados.

Pero ¿Cuáles son las bases de ese “Yo no cambio”? Muchos pueden argüir que se trata de la coherencia, ese gran baluarte del ego para defender su histórica identidad, pero en nuestra era del cambio y la incertidumbre, eso ya no se aguanta. Si la coherencia va más allá de los principios básicos, es más un lastre que un incentivo a la felicidad (incluso si hablamos de valores, aunque ese sería otro tema)

Hoy más que nunca el junco se impone al roble, mal que nos pese.

Pero no nos desviemos, volviendo a la pregunta ¿Por qué “Yo no cambio”? La psicología americana nos apunta a tres razones. A partir de ahí que cada uno evalúe qué especial cocktail hace con ellas.

Estas son, y por este orden: el perfeccionismo, la prepotencia, el “siperonismo” y la procrastinación.

Sí, el perfeccionismo es el principal obstáculo al cambio. Perfección suena a parálisis, simplemente porque no existe, y, consecuentemente, sólo tiene una salida: la frustración. Sin espacio para el error, el cambio no respira y el desánimo no tarda en llegar para relegar el verdadero cambio a un ideal.

Una versión light, educada y “actualizada” del perfeccionismo, es el “siperonismo”. Admitir de buen o mal grado que la opción es “para tener en cuenta”, pero… (la verdad es que no vas a mover un dedo para cambiar nada) Quedas bien, dices “Estoy en ello.” “Lo intento”, pero en el fondo sabes que la enmienda a la mayor está lista. El “siperonista” se delata por sí solo, porque incluso cuando le señalas dónde mirar, te responde “Sí, sí… pero…” evidenciando que no sale del círculo.

Cuando eso ya no nos funciona, y nos damos cuenta de que somos nosotros mismos los que boicoteamos el cambio, la opción es recurrir al tiempo. “Lo haré, pero más adelante.” La procrastinación, el posponer siempre lo que no es inmediatamente agradable, es bálsamo seguro para escurrir el bulto.

Y, por último, si no cambiamos ni a la de tres, pero no nos reconocemos ni en el perfeccionismo, ni en el “siperonismo” o la procrastinación ¿Qué será, será? Mmm… ¿Qué tal andamos de prepotencia?

Photo by Katt Yukawa on Unsplash

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