¿Tú eres tonto?
¿Tú eres tonto? Esta es la pregunta que me he hecho yo mismo tras repasar tan sólo cinco recursos clásicos de manipulación basados en los principios más elementales de la Terapia Cognitiva Conductual. Principios de evidencia científica, aunque afortunadamente no de necesario cumplimiento si nos damos cuenta del engaño que subyace en ellos.
En cualquier caso me asombra el que aún hoy en día nuestro cerebro reptiliano nos juegue tan malas pasadas como para sucumbir a estos cinco móviles de reacción cuasi automática.
¿Cómo es posible que la seducción física o la admiración puramente oratoria o intelectual nos nuble aún el juicio en profundidad?
¿Por qué la similaridad en gustos, gestos, intereses, ideologías y comportamientos nos despierta tanta simpatía, y en cambio la discrepancia tanta resistencia? ¿No nos enriquece más la diferencia que la identidad?
Y en esa línea ¿Por qué somos tan sensibles a sintonizar con la gente que nos brinda cumplidos y tan reacios a aceptar las criticas? Cumplidos que pueden ser tan sutiles como la mera reafirmación/validación de que hemos escogido bien, que hemos decidido lo correcto, que estamos en buen camino….
Todo ello para alcanzar el colmo en aquello que ya Goebbels vaticinó y que hoy está tan en boga con las “fake news”: “Una mentira repetida con suficiente frecuencia se convierte en verdad”. Una “sinergia exponencial” o de grupo de triste actualidad basada en el “divide y vencerás” “enfrenta y unirás” “compite y ganarás.” como si el “todos contra todos” fuere el parangón de la libertad mientras sólo beneficia a unos pocos.
Un colmo que se instituye poco a poco como el sistema “natural” en el que siempre hay vencedores y vencidos y que más te vale estar entre los primeros, los que saben, los que comulgan con el todo imperante que no con los que se revelan frente a él.
Increíble, increíble cómo aún nos dejamos llevar por la seducción física o intelectual, por la similaridad ideológica con la corriente dominante, por la falsa simpatía con que nos recibe el poder (de las redes sociales, de los poderes facticos…) por la sinérgia exponencial que supone el vernos constantemente asaltados por la infoxicación de ataque (insistiendo en que los otros son malos y peligrosos) o por la creciente “necesidad” de estar entre los ganadores, los supervivientes, a toda costa.
Quizás hace unos años este mismo discurso que acabo de redactar me parecería excesivamente inflamatorio, desmesurado, una arenga propagandista, pero a día de hoy la rabia es tal que como gestaltista de pro debo ventilar para poner límites y recuperar un mínimo territorio de confianza en el futuro de la humanidad.
Me niego a admitir que somos tontos, aunque a veces lo parecemos. Todos, yo por supuesto incluido.
Foto de Arno Senoner en Unsplash

Manuel no habla sólo desde lo aprendido en los libros, sino, fundamentalmente, desde su experiencia personal, y quizás sea por eso por lo que sus comentarios nos resultan tan fáciles de entender, y sus sugerencias tan claras en cuanto a qué hacer. La conexión y la comunicación con él es directa, cercana y natural.
Gran ejercicio que practico hace un tiempo es escuchar a aquellos que opinan lo contrario y hasta he conseguido pasar de la enervación y el enojo al humor (casi siempre… nadie es perfecto). Por ejemplo, como si Marx escuchara la Fox y no le diera por escribir un nuevo mamotreto de 700 páginas, sino el Jueves.
Manel, tienes y suscitas muchas reflexiones y eso es no es de ser tonto.
Gracias Francesc. Me complace saber que eres de los míos en cuanto al interés por escuchar opiniones diversas. Mi punto débil continua siendo el no entrar al trapo y ponerme a discutir. Por otro lado sin duda el humor es un gran recurso, pero insisto en mi caso el riesgo al sarcasmo esta aún muy presente.
Un placer tus comentarios. Nuevamente gracias por animarme a continuar con esto.
¡Manuel!
No sabes cuánto me alegra lo que has escrito esta vez. No sé qué te habrá sucedido aunque pienso que me hubiera encantado verlo, algo muy profundo te debe haber tocado para que trasluzcas tanta intensidad.
Con la discrepancia disfruto, la confrontación intelectual me da vida, hasta el punto de que si dialogo con alguien con quien comparto ideas siento la necesidad matizar para no estar totalmente de acuerdo.
Aunque todavía no he conseguido evitar que me duela, cuando el otro, si es un otro por el que siento cariño, utiliza el argumento “ad hominem”, en vez de dar razones de lo que sostiene.
Recientemente leí, creo que era una oración, que me interpeló intensamente, que decía algo más o menos así como: “permíteme Señor reconocerte en la Eucaristía y así poder ver en los otros no sólo cuerpos sino almas” (aproximadamente)
Otra cosa que me ha alegrado mucho es ver que en esta ocasión, el mío no es el único comentario 🙂
Gracias Meri por tu siempre fiel comentario.
Me sorprende que te sorprendas de mi carácter abiertamente confrontativo. No es en mi nada nuevo. Tal vez al contrario, con los años he aprendido a no meterme en todos los charcos sino sólo en aquellos que me merece la pena retozar, pero sigo manteniendo el ánimo vivo para dialogar y salpimentar esta sosa vida cuando ya nada sabe a nada.
Coincido contigo además en que el hecho de que otros se animen al debate me llena de agradecimiento y satisfacción. Arriba arriba!!