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La alarma reptiliana.

5 octubre, 2023

Bien es sabido que el cuerpo no miente. La emoción arrastra todo un bagaje histórico, kármico, que la contamina. La mente es por lo que respecta a lo más íntimo, pura falacia justificativa para enfriar y acomodar los hechos a lo querido o debido y respetable.

Pero no deja de ser cierto que hasta las señales del cuerpo pueden pervertirse por las fantasías de ese mismo pensamiento y falsa emoción. En este sentido está claro que la obsesión por el cuerpo nos lleva a la vigorexia y hace del deporte una adicción (algo no falto de ejemplos en nuestros días) pero no es a esa perversión a la que me gustaría aludir aquí y ahora.

Aquí y ahora mi reflexión se encamina más a la obsesión por la sensación.

Me explicaré. Cuando uno está totalmente pendiente de las sensaciones que nos llegan de nuestro cuerpo, estas se desnaturalizan y adquieren el carácter de síntomas anormales y consecuentemente potencialmente alarmantes. El pensamiento obsesivo hace que dejemos de saber qué es primero si el huevo o la gallina, y la protección se torna preocupación. Y la preocupación somatización.

Deberíamos preguntarnos ¿Por qué los orientales no tienen psicólogos ni psiquiatras? ¿Por qué aquí distinguimos tan fríamente entre cuerpo y mente?

El vínculo entre ambos parece evidente, y la ciencia lo corrobora. Entonces tal vez la pregunta correcta sería ¿Por qué nos cuesta tanto aceptarlo?

En polaridad con los faquires estamos los hipocondriacos que trabajamos las profecías autocumplidas criando peces que se muerden la cola: parece que tengo un vértigo acompañado de dolores de cabeza debidos a un pinzamiento cervical, y eso me preocupa. La preocupación nacida de interpretar que “hay algo más” que algo tan vulgar y sencillo, hace que tense los hombros, lo que a su vez refuerza el pinzamiento, lo que a su vez refuerza el dolor, lo que a su vez refuerza la preocupación.

En fin, os preguntareis ¿Dónde quiero ir a parar? Pues bien, pura y llanamente a la conclusión de que la mente puede llegar a pervertir hasta lo más genuino, natural y sabio que es el cuerpo.

Prueba de ello son tanto los efectos placebo, como el de la bata blanca, que con cierta dosis de asertividad, hace aparecer y desaparecer por arte de magia síntomas que parecían determinantes. Y es que hoy en día, el cerebro reptiliano, arruinado por la sociedad de consumo, alarma no por protección sino por sobreprotección, aun cuando no haya razón.

Foto de Ta Z en Unsplash

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