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Acompañar en terapia

Acompañar en terapia no tiene nada que ver con adoctrinar ni con consolar, ni tan siquiera con invitar a una expiación semanal que justifique un eterno “estoy en ello”.

Acompañar no es empujar, no es presionar de manera que se activen protecciones que no hacen más que instituir la culpabilidad y el sufrimiento (propios o ajenos) como una inflamación, como un flemón o cordón insanitario que no nos permita abordar ni transitar el verdadero dolor. El dolor es humano, y nos hace más humanos todavía cuando somos capaces de tratarlo con consciente naturalidad.

Acompañar es hacer camino juntos, terapeuta e impaciente, hacia una mayor conexión con lo que hay, lo que es, lo que nos ocurre realmente en el aquí y ahora. Se trata de evitar tanto las distracciones que nos supone la dispersión intelectual que enmascara lo nuclear, como las pseudo protecciones que nos procura el sufrimiento culpabilizador que envuelve y enquista el dolor.

Acompañar es pues empatizar con la forma de vivir o evitar momentáneamente el dolor que tiene el otro. Ver al otro y verme también a mi mismo en nuestra particular dificultad. Esa es, en mi opinión, la clave del buen terapeuta, su capacidad de compasión en el sentido de saber ver sin juzgar cómo cada uno de nosotros empaña la ruta del sentir más genuino, de ese sentir que nos da miedo, nos pone tristes o rabiosos, pero que sin duda nos habilita también para la mas grande de las alegrías, la alegría de vivir.

De ahí que hablemos siempre de proceso. No es un mero descubrimiento puntual, es un camino para recorrer en buena parte juntos, sin que ninguno imponga su ritmo ni su mapa, sin que nadie domine el viaje, sino que sea el propio discurrir de la dinámica de cada sesión lo que oriente y trace la ruta de cada uno. Una ruta en la que los dos viajantes se sientan tan acogidos y acompañados como libres e independientes.

No es fácil. Ese camino lleva tiempo, espacios, silencios, íntimas complicidades que en la mayoría de las ocasiones requieren de eso: un acompañamiento terapéutico sanador para no desfallecer, para no abandonar en favor de la ignorancia, de la inercia consagrada en el más vale malo conocido que bueno por conocer.

Reconectar con el Ser, con nuestro sentir más genuino, requiere cierto esfuerzo, cierta conciencia de que vale la pena, pero si nunca lo has intentado, si nunca lo has probado, nunca sabrás la vida que te has perdido.

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Foto de Priscilla Du Preez 🇨🇦 en Unsplash

Be passionate. Just be.

¿Es la pasión nuestra electricidad vital? ¿Es la intensidad un elemento clave para nuestra felicidad? ¿Es mejor relajar y contemplar que actuar y conquistar?

Muchos son los interrogantes que surgen alrededor de este vivir moderno tan intenso y pretendidamente apasionado. No es casualidad que se hable de la sociedad del cansancio, de la necesidad de parar, meditar y contemporizar constantemente con el presente.

Bajo mi punto de vista, la dialéctica entre pasión y aceptación nos ofrece un marco incomparable para trabajar la integración de polaridades.

Tan importante es el fluir como el fondear. Solo hay que modular los momentos. Querer maximizar la intensidad puede llevarnos al control obsesivo y la hiperactividad, y todo ello ya sabemos que nos conduce a la falta de cordura y la insensibilidad. Pero pretender dormirnos sin más en la total aceptación nos lleva igualmente a un determinismo tan divino como atroz.

En mi caso, pocas cosas hay más placenteras que acabar el día agotado de vivir las más variadas y estimulantes aventuras. “It´s a good sign!” como decía un buen amigo indio al acabar su intensa jornada.

Pero al mismo tiempo me encanta reservar un espacio, no ya para la valoración, sino para el puro y simple disfrute del aquí y ahora.

No creo que una cosa esté reñida con la otra. La pasión genuina, la pasión sin imposición es una bendición. Apasionado no quiere decir obcecado ni obsesionado, sino feliz en la chispa de este instante único y eterno que estoy viviendo.

Si somos capaces de quemar en la hoguera de las vanidades toda la autoexigencia y perfeccionismo que nos exige completar con narcisismo nuestra energía y autoestima, es más posible que no caigamos en un apasionamiento abusivo e invasivo del otro. Cada cual tiene sus ritmos y es dueño de administrarlos, pero, en mi opinión, como tantas y tantas veces, no en el promedio sino en el sabio remedio está la mejor solución.

¡Pasión y aceptación qué bonita combinación! Si podemos tomar conciencia de que ambas cosas son cara de una misma moneda, la suerte siempre nos sonreirá.

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Foto de Randalyn Hill en Unsplash

Culpa vs. Responsabilidad

La lucha por transformar creencias limitantes heredadas en firmes convicciones propias y enriquecedoras alcanza su cenit en la asunción de que hay que abolir la culpa en beneficio de la responsabilidad.

Transformar las proyecciones ajenas que vimos en el primer post de esta serie (Creencias vs. Convicciones I) en un proyecto propio lleva toda una vida, porque supone nada más y nada menos que transformar toda amenaza en oportunidad. El miedo se troca en curiosidad, la incertidumbre muta en libertad y la preocupación en ocupación. No hay error, solo aprendizaje. No hay sufrimiento, solo sabiduría.

Acierto o aprendo, pero siempre escojo, y escojo lo mejor: reivindicar el ser visto y querido para alimentar mi autoestima en su justa medida, propiciar mi atractivo de cara a personas y situaciones enriquecedoras y expresar mi necesidad de ser valorado tal y como soy aquí y ahora.

Sin ninguna arrogancia, con empatía y asertividad, generando siempre explicaciones generativas sobre mi responsabilidad, que aluden a lo que yo sí puedo cambiar, y orillando las explicaciones degenerativas que buscan inútilmente culpables.

Nada de expiaciones ni vanos sacrificios fruto de la famosa secuencia: perfeccionismo, prepotencia, penitencia que nos baquetea de la indignación al aislamiento. Todo volcado a la escucha generosa y la observación sobre qué me está pasando, qué emoción se me está despertando con esta persona, situación o contexto, para poder asumir, con conocimiento de causa mi responsabilidad de decidir qué hacer con ello.

Todo basado en el profundo conocimiento de que una respuesta exorbitada o simplemente desequilibrada a un estímulo exterior siempre responde a una antigua necesidad mal atendida.

Poder expresar aquello de “Cuando tu dices/haces… yo me siento… porque esto me conecta con algo que he vivido con anterioridad.” es un paso de gigante para dejar de culpar y/o culparnos, entrando por la puerta grande a asumir la enorme responsabilidad de sostener nuestras propias emociones sin necesidad de contentar las expectativas del otro, simplemente mostrándonos tal y como somos.

Y es que mostrarnos así, ser de verdad, es una gozada difícil de describir. En mi opinión, como se ha visto, todo pasa por hacer de las creencias convicciones, de los ideales valores, del relato una falsa realidad y de la culpa una responsabilidad.

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Foto de Crystal Jo en Unsplash

Relato vs. Realidad

Seguimos ahondando en la necesidad de transformar creencias en convicciones, esta vez por lo que afecta a nuestra experiencia de vida.

Parece mentira cuánto y cómo afecta el relato que nos construimos sobre nosotros mismos sobre nuestra manera de vivir y reaccionar.

El rol, el personaje que nos hemos montado hace que valoremos la realidad de una manera totalmente sesgada. Esto es para mí, esto no es para mí. Esta persona me encaja, esta no me vale. Este grupo me aporta porque coincide con mis creencias, este no porque parece atentar contra ellas.

Y es que el relato hace al personaje, y el ego no se va a desprender de una identidad tan “firmemente” definida, por coherencia, por consecuencia, por favor, faltaría más.

Hay ahí una subrepticia manipulación propia o ajena de la que no nos damos casi cuenta. Recopilamos toda una base de información sesgada que nos impide una mirada limpia y fenomenológica abierta a la revisión y el cambio, recuérdese que las creencias son radares de ratificación de prejuicios.

Damos por bueno todo lo que nos “confirme en lo cierto”. Magnificamos lo que deseamos e ignoramos cualquier réplica sea justificada o no. Y con todo ello armamos unas expectativas tremendas, a prueba de todo menos de la honestidad y sinceridad con uno mismo. No hay experiencias sorpresivas, solo expectativas pretendidamente confirmadas.

Recuperar una mirada fenomenológica es el primer paso para salir de la ceguera, pero no es suficiente. A partir de ahí hay que abrirse a la mirada de reciprocidad: ¿Qué piensa el otro? ¿En qué creen quienes opinan lo contrario a lo mío? ¿Qué necesidad esconden mis creencias y cual es la que subyace en los postulados de mis opuestos?

La confrontación es tan importante para el cambio como para la integración de polaridades, y es pues linimento imprescindible de sanación, sea vía acompañamiento amistoso, “enemistoso” o terapéutico.

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Ideales vs. Valores

Pasar de creencias heredadas a convicciones propias tiene consecuencias insospechadas, entre ellas la de dejar de confiar en ideales rígidos y empezar ha hacerlo en valores revisables.

Una actitud rígida es la máxima expresión de la estupidez humana, porque la estupidez no radica tanto en lo que pensamos o hacemos como en la rigidez con la que lo defendemos. El dogmatismo se basa en particulares generalizaciones disociadas de la realidad.

Frente a ello, una actitud flexible y dialogante permite ir actualizando nuestras creencias, integrando polaridades desde la convicción de que nos conviene escuchar más y pontificar menos.

Y es que los ideales invitan a juicios morales y a adicciones secretas, puesto que en la mayoría de los casos están tapando un conflicto personal de pensamiento (por culpa y expiación) de emoción (vergüenza encubierta) y/o de acción (miedo a la soledad o el aislamiento)

Es pues necesario revisar sin falta los códigos, leyes y normas, explícitas o implícitas, que atentan contra nuestra dignidad (derechos humanos) y/o derechos de pertenencia bajo interpretaciones particulares, por muy dominantes que sean sobre lo que es justo o injusto.

Los ejemplos son fulminantes ¿No pensaría Hitler que su cruzada contra los judíos era justa y apremiante? ¿No diría Netanyahu que la exterminación del pueblo palestino es una respuesta justa a las agresiones de Hamas? ¿No nos hace ver Trump que el proteccionismo acérrimo es justa respuesta al expolio que los europeos llevamos haciendo durante décadas de las arcas estadounidenses?

La justicia siempre se hace en nombre de ideales, frecuentemente vinculados a la religión o la patria, y, en esos casos, deriva casi siempre en agresión y violencia. Si después de más de tres mil años no aprendemos de ello será porque los rígidos ideales priman sobre los valores revisables.

La historia siempre ha estado contada por los vencedores y eso que en el entorno socioeconómico es evidente, en el entorno personal no lo es tanto. Si no, lee o escucha el post/podcast de la semana que viene

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Foto de NANDKUMAR PATELen Unsplash

Creencias vs. Convicciones II OK

Creencias vs. Convicciones DOS

El tema de transformar creencias heredadas en convicciones propias no es tema trivial. Las creencias sin revisión afectan nuestra posición existencial y eso no es poco.

Si mi postura acostumbra a ser el “Yo sí sé. Tú no sabes.” aunque la justifiquemos en nuestra necesidad de “sentirnos útiles” (sentirnos poderosos) el narcisismo y la psicopatía incipiente van a acechar.

Contrariamente, si nuestra postura es la de “Yo no sé. Tú sí que sabes.” El victimismo y la necesidad de sobreprotección arruinarán nuestra vida.

Y si optamos por el pasotismo del “Si es que nadie se entera de nada” la tentación no dejará de oscilar entre el desconectar o destruir cualquier intento de salir del pozo.

El objetivo es sin duda poder situarnos en un win win, en un “Yo sí sé, pero tú también sabes y puedes aportar.”

Parece fácil, pero no lo es, porque las creencias actúan como radar y amplificador de ratificación de todo lo que me ha acompañado hasta ahora, y que, sin duda, mejor o peor, me ha servido.

Contra ello, para transformar creencias limitantes heredadas en convicciones enriquecedoras propias hay cuatro puntales y una reflexión necesaria:

  1. ¿Qué evidencias realmente tengo de esto que yo pienso sobre mi sea verdad? ¿Hay algo por pequeño que sea que lo contradiga?
  2. ¿Puede que haya circunstancias o contextos que propicien esta percepción mía tan viciada?
  3. ¿Es posible que yo haya cometido errores parciales o puntuales que deba subsanar?
  4. En cualquier caso ¿Es esta creencia, este pensamiento repetido sobre cómo soy yo algo que me resulte útil y estimulante hoy, aquí y ahora?

Tanta confrontación nos pone a prueba, y para rematar nos queda una última reflexión:

¿Cómo sería mi vida, para mi y para los que me rodean, ahora y en el futuro, si no cambio de hábito o creencia? ¿Y si cambio?

Menudo reto, pero las consecuencias son enormes. No te pierdas los tres próximos posts/podcasts sobre ello.

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Creencias vs. Convicciones UNO

Si ya tienes claro que todas las creencias no dejan de ser constructos mentales, el siguiente paso es tomar consciencia de que las creencias heredadas nos llegan altamente contaminadas. En ellas se unen arcaicos errores de percepción con mentiras de más que dudosa justificación.

Las creencias que afectan al ámbito personal alteran la autoestima (menospreciándonos o alimentando un narcisismo estéril) y la autoexigencia (llevándonos al pasotismo o el perfeccionismo)

Las creencias que afectan al ámbito relacional inciden en nuestro grado de empatía (arriesgando a la sumisión o necesidad de “salvar” al otro) y nuestro nivel de asertividad (arriesgando a la dominación o “persecución” del otro)

Y finalmente las creencias que afectan al ámbito social repercuten en los sentimientos de culpa y responsabilidad.

Pero no es fácil que uno mismo pueda dictaminar cuales son sus propias creencias limitantes. Para ello es necesario repasar posibles orígenes:

  • Mandatos parentales o educacionales que nos etiquetan en un rol concreto.
  • Prejuicios familiares sobre cómo se ha pensado o se han hecho las cosas en casa de toda la vida.
  • Miedos o inseguridades sin razón aparente.
  • Patrones o inercias de moda que pensamos apoyan nuestro sentido de pertenencia a un grupo o nación.
  • Constructos socioculturales o religiosos infiltrados en nuestra noción sobre lo que hay que pensar o hacer.
  • Parapetos protectores que nosotros mismos nos construimos para no salir de nuestra zona de confort.

Y un largo etcétera de subliminales e inconscientes fórmulas de contravenir nuestra genuina voluntad. De ahí que el primer paso sin duda sea el traer a la consciencia todas esas creencias para transformarlas en convicciones o despreciarlas como un lastre que queremos dejar de asumir para sanear nuestra vida y la de los que nos siguen.

Y ojo, no es que las convicciones propias vayan a ser menos meras construcciones mentales que las creencias heredadas, pero por lo menos serán mi mejor traje a medida.

En fin, si quieres saber cómo salir del circulo vicioso de las creencias limitantes no te pierdas el post/podcast de la semana que viene.

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Foto de Laurent Gence en Unsplash

Cambio vs. Transformación

El cambio es ineludible, la transformación voluntaria. Sin transformación vivimos, o mejor sobrevivimos, en nuestra zona de confort dónde como sabemos prima el dicho “Mejor malo conocido que bueno por conocer.”

Vivir en la inercia (y en la inopia) es vivir de piloto automático. Nada que objetar, pero la experiencia demuestra que acaba por hartar. Y es que vivir de lo heredado es también vivir alienado y la MidLife Crisis pasa factura. Una vocecita nos va repitiendo: “Si es que no vivo, me viven.”

Uno se pregunta entonces ¿Qué le podemos hacer? Con la intención de responder a esa ínclita pregunta me dispongo pues a acompañar todo un pequeño recorrido de dos meses (hasta final de año) para transformar la “depresiva” alienación en liberadora realización. ¿Te apetece acompañarnos? Las etapas son:

  1. Pasar de creencias a convicciones.
  2. Cambiar rígidos ideales por valores revisables.
  3. Trocar relato por realidad.
  4. Traducir amenazas en oportunidades.
  5. Evitar la proyección ajena para trabajar un proyecto propio.
  6. Desterrar la culpa para centrarnos en la responsabilidad.

Todo ello sin rehuir el esfuerzo, pues ya hemos manifestado de entrada que la transformación personal requiere voluntad, y la voluntad siempre exige un “vale la pena”, un catalizador, algo o alguien que nos empuje a “tirarnos a la piscina.”

Ojalá, sea este escrito tan oportuno como para invitarte a ello. Dicen que mejor caer en gracia que ser gracioso, pues eso busco yo. Ojalá esta lectura te pille en ese momento en que, consciente o inconscientemente, estás esperando un cambio, una transformación en tu vida, y, mira tú por dónde cae en tus manos este post, este podcast que te sirve de mapa.

Sabemos que el mapa no es el territorio, pero bienvenida es la brújula a quién anda perdido.

Como en aquel cuento de las piedras blancas para desandar el camino de la perdición, cada semana encontrarás una pista sobre la que trabajar. Te aseguro que, si lo haces, en poco más de un mes te sentirás como nueva o nuevo, y si no, hablamos y vemos qué ha podido pasar.

Como decimos en peregrinaje el deseo es: “¡Buen camino!”

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Foto de Suzanne D. Williams en Unsplash

La épica y la naturalidad

Épica y naturalidad parecen dos términos antitéticos. Es más, si atendemos al diccionario de la Real Academia de la Lengua este extremo se nos confirma.

Dice dicho diccionario que la épica como adjetivo ponderativo se refiere a algo grandioso o fuera de lo común. Y también dice que la naturalidad no es más que la conformidad de las cosas con las leyes ordinarias y comunes. En resumen, que parece que no pueda haber una con la otra.

Personalmente siempre he mantenido una relación de amor odio con la épica. Me parecía tanto una innecesaria exaltación egoica como el rasgo más humano de todos los que se puedan mencionar. Pero recientemente he podido no solo hacer las paces con ese término, sino devolverle ese brillo y esplendor que constantemente me negaba el poder denostarlo definitivamente. Y la clave ha sido entender que la mejor épica, la épica de verdad, es la que se da con toda naturalidad. Basta de fastos y boatos, la gesta cotidiana o por lo menos callada, gratuita, es la que realmente infunde el valor a lo épico.

Esa épica que marida bien con la satisfacción interior, que no requiere alabanza ni premio externo se me antoja como la única verdadera. Admito gradaciones, obviamente puede que la gesta sea pública y notoria, con lo cual se haga difícil el mantenerla en el anonimato, pero, en cualquier caso, si de entrada se busca directa o indirectamente el reconocimiento ya no es nada épico.

Toda esta retórica me parece absolutamente de actualidad toda vez que hoy en día, incluso los actos más loables requieren indefectiblemente del festejo público. Lo que no es noticia no existe, o parece no existir. Desde aquí pues me gustaría romper una lanza en favor de todos aquellos gestos que (aunque no necesariamente vistos como gestas) buscan desinteresadamente el bien común. Puede tratarse de un acto grandioso o minucioso, pero lo que lo magnifica es la satisfacción individual y la naturalidad con la que se ejerce.

A título de ejemplo me viene ahora a la memoria esta nueva actividad semideportiva del plogging (neologismo sueco que combina el “plocka upp” (recoger) con el “jogging” (correr)) Ejercicio sin duda ecológico el de recoger a nuestro paso la basura “olvidada” en cualquier rincón, pero también épico, en el sentido arriba mencionado.

Y es que no hay como el zen de las pequeñas cosas para conjugar perfectamente épica y naturalidad.

Mmm… ¡Qué buena la épica sin heroicidad, proclama ni particular identidad!

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Libertad, responsabilidad, voluntad

Ante la barbarie imperante se va imponiendo de una manera sorda pero implacable entre muchos de nosotros la idea determinista de que tenemos un fatal destino predefinido y que nada o muy poco podemos hacer para cambiarlo. Incluso hay torticeras interpretaciones de la filosofía Advaita que tanto admiro que confunden el fluir (sin fondear) con el dejar pasar sin sentir.

Pero en mi opinión debemos rebelarnos frente a ello. Y me atrevería incluso a decir que debemos hacerlo sea cierto o no el que nuestro margen de maniobra sea más minúsculo de lo que creíamos porque la epigenética y la cultura gregaria nos dominan a placer.

Mi primer argumento contra el determinismo es demoledor: toda creencia es un constructo mental. Si aceptamos ese hecho automáticamente estamos asumiendo un cierto grado (notable) de libertad. Y cuando hay libertad hay responsabilidad.

Hasta ahí lógica cartesiana pura y dura. A partir de ahí psicología positiva, pero no fantasiosa, no de verlo todo de color de rosa, sino de asumir junto al binomio libertad/responsabilidad un cierto compromiso de esfuerzo. ¿Esfuerzo para qué?

Esfuerzo en validar qué creencias quiero para mí y cuáles no. Es decir, transformar creencias en convicciones. Es necesario revisar las creencias inerciales, heredadas o machacadas por el sistema, y darles o no nuestro visto bueno en función de si hoy, aquí y ahora, me resultan válidas y oportunas.

Es obvio que la zona de confort nos invita a seguir con lo que mejor o peor nos ha llevado a dónde estamos. Es obvio que todos los mecanismos neuróticos que “nos han salvado la vida” hasta la fecha frente a tantos y tantos temores infantiles no pueden desparecer de la noche a la mañana. Es obvio que si siempre hemos andado con muletas nos de miedo desprendernos de ellas. Pero está igualmente claro que andar sin ellas es un buen objetivo vital antes de que la vejez nos invite a coger un bastón para evidenciar cierta regresión.

En resumen, hacer de nuestras creencias limitantes convicciones estimulantes no es un trabajo gratuito, requiere voluntad y esfuerzo. Pero para ejercerlos primero hay que tomar consciencia de que hay un espacio de libertad/responsabilidad. Asumirlo es la respuesta existencial de Viktor Frankl al determinismo culpable de un pecado original tan desconocido como reconocido.

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