Dime por qué
Dime por qué, 500 preguntas y 1000 respuestas era el título de uno de mis libros preferidos cuando era pequeño, pero me temo que esa inquietud por conocer el por qué de las cosas es algo universal.
La mente humana parece obsesionada en el planteamiento científico propio del siglo pasado en el que explorar el por qué de las cosas nos dio tan buenos resultados. Pero cuando hemos querido transpolar esa brújula al campo de las emociones y relaciones el fracaso ha sido estrepitoso. Nos hemos quedado con el pensamiento obsesivo y hemos perdido el sentimiento más primigenio e intuitivo que le subyace. No en vano somos herederos de Descartes y seguimos creyendo aquello de pienso luego existo, como si la existencia fuese algo meramente mental.
El tiempo y energía meramente especulativa que invertimos en dilucidar el por qué me ha dejado, por qué me ha tocado a mí, por qué me pasa lo que me pasa… es sin duda una pérdida de tiempo y energía.
El por qué de las cosas en lo emocional es siempre, siempre, multifactorial. No hay una única razón, ni dos, ni tres que justifiquen ese tipo de acciones o reacciones. Es la mente la que se empeña en tamaño reduccionismo en un interminable giro en bucle puesto que… siempre hay un añadido no contemplado. Vemos entonces sólo lo que queremos ver y perdemos de vista el fondo de la cuestión. Todo es figura, todo es figurativo para intentar calmar la mente con una falsa sensación de control.
El por qué es la pregunta más neurótica que existe.
Date cuenta, no hace falta ser muy psicosomático para empezar a sospechar cierto malestar cuando alguien de buena mañana nos dice “Haces mala cara. ¿Estás triste? ¿Te pasa algo?” Aún cuando tú ibas hoy con toda la vitalidad del mundo se nos dispara el ¿Por qué me habrá dicho eso? ¿Quizás sí que hoy estoy algo más paliducha de lo normal? ¿Por qué será si en principio yo estaba bien?
Y como luego llega el corolario cartesiano que apunta a que todo lo que crees creas, la profecía autocumplida se da sin que podamos ya distinguir entre qué y por qué.
Déjate en paz, déjate caer en el presente. No te tomes la vida tan en serio. Las emociones van y vienen muchas veces sin un porqué evidente. No pierdas el tiempo en investigarlo. Ese tiempo es igualmente valioso. Aprovéchalo para vivirlo en plenitud venga cómo venga. En versión original, sin añadirle subtítulos.
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Manuel no habla sólo desde lo aprendido en los libros, sino, fundamentalmente, desde su experiencia personal, y quizás sea por eso por lo que sus comentarios nos resultan tan fáciles de entender, y sus sugerencias tan claras en cuanto a qué hacer. La conexión y la comunicación con él es directa, cercana y natural.
Buenas,
en los términos en los que lo expones sí que resulta, como mínimo, innecesario plantearse el porqué, al fin y al cabo, que alguien te diga que haces mala cara o si estás triste, o alegre, no tiene la más mínima importancia, si sabes qué pasa en ti.
Recientemente he estado presente en conversaciones en los que varios expresaban su necesidad de que aquella persona que les había ofendido, herido, dañado…les pidiera perdón, lo que me ha llevado a reflexionar sobre la cuestión, y me he dado cuenta de que yo no quiero que nadie me pida perdón, lo que me gustaría es que me explicara el motivo, me contestaran al porqué de eso que me ha hecho daño y que no entiendo. Quizás sabiendo la respuesta al ¿por qué?, no sólo dejaría de dolerme, sino que el conocimiento de la vivencia del otro me podría ayudar a entenderle más, incluso a entender más a otros otros.
Bienvenida de nuevo Meri.
Un placer. Coincido contigo en que la necesidad de que te pidan perdón presupone una superioridad que no corresponde. Me interesa mucho más como tú apuntas que nos aclaren la necesidad que subyace o subyacía en la pretendida ofensa. Mucho se puede aprender de eso. Estoy contigo.
De todas formas como tu ya indicas el post alude más a los porqués que nos planteamos insistentemente nosotros mismos en la creencia de que encontraremos uno único o capital.
Estoy de acuerdo con ese “salto cuántico” que menciona Villa – yo mismo era escéptico hasta que entendí que necesitaba algo personalizado a mi arquetipo, no consejos genéricos. Descubrí que Quantress alinea frecuencias específicamente a tu perfil, y los cambios que experimenté fueron distintos a cualquier terapia convencional que haya probado. ¿Has considerado que el coaching existencial podría potenciarse con herramientas que trabajen a nivel de frecuencia, más allá de solo la conversación?