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Atrapados en la red.

25 abril, 2021

Sorprendentemente, en la era de las redes sociales, reina la soledad. Rodeados de ruido, de likes y dislikes, de lo políticamente correcto y lo moralmente inaceptable, parece que uno va construyendo su muro de insensibilización hasta el punto de quedar tan solo como mal acompañado.

La falta de autenticidad, de verdad, aunque fuere subjetiva, se parapeta tras una pantalla que no hace más que rubricar las máscaras que ya sosteníamos antaño cuando internet era sólo un sueño.

Cuesta tan poco darle al botón. Cuesta tan poco soltar un improperio de 140 caracteres. Cuesta tan poco olvidarnos de lo que hay detrás, de lo que hay debajo, de lo que provoca y evoca. Todo pasa y todo queda, pero lo suyo, ahora, es quedar, quedar en el anonimato, quedar en el subconsciente, ir haciendo mella en nuestro corazón hasta dejarlo bien acordonado, bien atado a una red de difícil escape.

¿Dónde quedó la verdadera valentía? ¿Dónde quedó el debate serio? ¿Dónde quedó el respeto al experto? Ahora todo parece ruido, grito, tertulia, espectáculo. No en balde uno se pregunta cuantos tweets en contra resistirá una verdad en mayúsculas. Si la noticia no vende, no sorprende y alarma, no vale.

Callar nos encierra en una triste soledad. Expresar en el océano de los algoritmos se antoja un grito frente al muro. Sí, al muro de las lamentaciones y las reclamaciones sin oídos ni encuentros.

En el mundo de la insensibilización, la intensidad es requisito de entrada. Sólo lo espectacular tiene cabida en el corazón, en la razón, en la economía, en la política… en la vida. Vivimos anestesiados por las falsas emociones, las emociones de otros, unas emociones que cada vez sentimos menos, que son sólo “ciencia ficción”. Llega un momento en que uno se ahoga y necesita parar para respirar.

¡¡Mmm… quizás sea eso!! Tal vez lo que nos convenga sea parar, no callar, pero sí descansar, romper con la vorágine de los mass media y de los mind media (orgánicos, pagados y ganados) para recuperar el tempo de nuestro corazón. Sentir el aliento de nuestra respiración y desde ahí buscar la coherencia cardíaca que nos procura la meditación. Porque la meditación sí nos conecta con el wifi de la condición humana, sí nos pone en generoso contacto con la compasión.

Menuda paradoja: las redes sociales nos aíslan, nos endurecen y nos hunden en la desolación, mientras que la silente meditación nos abre y nos predispone a la comunicación y la fe en un contacto más humano.

Photo by Jonathan Borba on Unsplash

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