Ir al contenido principal

No eres tú, soy yo.

22 mayo, 2021

No es la primera vez que os hablo de esta frase mágica…

Cuando tú dices/haces… yo siento… (tristeza, rabia, miedo…) porque esto me conecta con mi herida de… (rechazo, abandono, menosprecio, traición o injusticia) y con ello me doy cuenta de que necesito sentirme especialmente… (acogid@, querid@, valorad@, segur@ o cuidad@)

Pero hoy quisiera centrarme en la herida. Esa herida tan nuestra que muchas veces ni la reconocemos como propia. Esa herida de la infancia en la que casi nadie reparó, y que después de tantos años aún perdura en nosotros. Esa herida que se abre a sangrar ante cualquier resonancia que tan siquiera la roce.

Porque… la herida es nuestra, el otro tan sólo la roza, la toca, la despierta y posiblemente se sorprenda de nuestra exagerada, “extraña”, inusitada reacción. Y es que lo que nos marcó en nuestros primeros años de vida lo arrastramos de por vida.

Si vivimos una madre ausente o lejana, atareada fuera de casa, más interesada por otras cosas, o simple y llanamente con nula presencia, la falta de tacto y contacto nos puede llevar a tanto miedo a la soledad que nos convirtamos en seres hiper-dependientes (con todo el riesgo que eso conlleva) Confundimos entonces felicidad con necesidad.

Si de pequeños vivimos el rechazo, si fuimos la “oveja negra” y rebelde de la familia, será difícil para nosotros en el futuro construir sentimiento de pertenencia con otros grupos, sistemas, equipos o empresas, confundiendo en estos casos retirada, ego y aislamiento con felicidad.

Si fuimos víctimas del menosprecio sistemático, o del abuso continuado, a buen seguro que nos costará aceptarnos a nosotros mismos como dignos de amor, llegando incluso al extremo de poder confundir la imposición y la agresividad con la felicidad.

Si lo que nos domina es el sentimiento de traición, de “príncipe destronado”, de no ser queridos tal y como somos, sino por lo que hacemos, la necesidad de control y el ansia de perfeccionismo puede que nos resulte asfixiante. Porque controlar es lo opuesto a confiar, y sin confianza confundimos fidelidad (a lo conocido) con felicidad.

Y finalmente, si hemos vivido nuestra infancia como una gran injusticia, eso puede que nos deje mudos, inexpresivos, insensibles y aparentemente impasibles ante cualquier emoción, confundiendo anodina “normalidad” con felicidad.

Lo importante aquí es darnos cuenta de que, en muchas ocasiones nuestras reacciones “exageradas” y automáticas frente a cada uno de estos temas responden más a nuestra sensibilidad, que a la insensibilidad o mala intención de quien o quienes actualmente nos ofenden. Habrá pues que estar atentos a qué es nuestro, y qué es de nuestro interlocutor, para no cargar con culpas imperdonables lo que son “sólo” responsabilidades compartidas, a fin de que, dado el caso, podamos seguir caminando, entrenando juntos, esa tan preciada felicidad.

Photo by Michal Bar Haim on Unsplash

Comentarios (6)

💬 Comparte tu opinión

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *