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KAROSHI o la adicción al estrés.

3 junio, 2021

Hace ya más de un mes uno de mis “impacientes” me comentaba que, después de dos semanas exultantes, ahora había caído en un estado de extremo cansancio en el que le costaba levantarse por la mañana, y que, además, luego, se sentía invadido durante todo el día por la inquietud de sentirse olvidadizo y con gran dificultad para concentrarse.

La empresa para la que trabaja, me había contratado para cursar con él un proceso de mentoring individual, ya que había sido ascendido por su gran valía, pero que, coyunturalmente se sentía sobrepasado por un macroproyecto que iba a durar por lo menos 6 meses. Cuando le conocí, vi claramente que al estrés le añadía una gran ansiedad. La rabia contenida en retroflexión le apuntaba a él como responsable de su mala organización, y me pedía que le ayudara a poner orden a su agenda.

Lo primero fue pues hacerle ver que la rabia no está para castigar sino para poner límites. Después de mucho negociar, acordamos que por lo menos los miércoles dejaría de trabajar a las 19.00h en punto e iría tranquilamente a natación, actividad que él reconocía como de gran placer y que había ido relegando en los últimos meses hasta abandonar cualquier visita a la piscina.

La experiencia resultó un éxito, y de ahí pasamos a aprender a delegar, a organizar cortos encuentros informales de trabajo con todo el equipo cada mañana alrededor de un café, a tantear encuentros individuales con cada uno de sus miembros para conocer opiniones, inquietudes y sugerencias de mejora… ¿El resultado? Lo que he comentado: como nuevo, un hombre exultante que había descubierto la quintaesencia del Management y me estaba eternamente agradecido. Me dijo “¿Sabes? He descubierto que yo ahora hago con mi equipo lo que tú aquí haces conmigo.” y los dos nos echamos a reír.

Pero, lo ya mencionado al principio, pasado un tiempo volvía de nuevo desconsolado por su falta de energía y memoria.

Ahí el trabajo fue hacerle ver cuatro cosas de manera muy clara:

  1. Trabajar mucho cansa. Y si bien en el fragor de la batalla uno puede resistir tremendos embates, cuando este remite aunque sólo sea en parte, el agotamiento hace mella. En ese sentido, le comenté mi propia experiencia con el “sorprendente” lumbago que me “visitó” invariablemente la primera semana de vacaciones durante tres años. Al parar es cuando tomamos conciencia.
  2. Sentir es sentirse vivo. Efectivamente después de residir en la completa alienación del trabajo mecánico, salirse de ello conlleva sentirse abrumado por las sensaciones, placenteras o no, tan exultantes como extenuantes.
  3. Dejar de controlar da vértigo. Pasar de controlar obsesivamente a confiar es un proceso largo, en el que no podemos ir sin más de una polaridad a otra. Hacerlo puede que no haga más que añadir presión a la situación, con la consecuente pérdida de serenidad, memoria y capacidad de escucha y observación.
  4. Es bueno pues que autoestima y autoexigencia se autoregulen de forma natural. Muchas veces la autoexigencia sigue ahí como un pepito grillo que se resiste a irse, pero debemos admitir que es bueno que en parte permanezca. Sólo hay que acotar su parloteo.

En fin, que desengancharse del estrés no es fácil, y conlleva soltarse en varios frentes, de ahí que a esa adicción a matarse a trabajar los japoneses le hayan dado todo un nombre: KAROSHI.

Photo by nikko macaspac on Unsplash

Comentarios (10)

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