Espacio seguro
¿Por qué es tan necesario generar un espacio seguro en terapia?
Para poder acompañar al impaciente (paciente si se quiere en términos más populares) hay que estar bien conectado con uno mismo de manera que, entre otros, podamos atender a las posibles/probables proyecciones.
Y es que acompañar en terapia no es hacer, ordenar o controlar, sino dejar hacer, reordenar y descontrolar. Eso supone esperar a la tercera ola. Dejar pasar el primer impulso, la seguida respuesta y… dejar que suceda. Dejar que el campo, la relación, la situación, resuelva moviendo ficha cuando realmente se esté fraguando un espacio seguro para el impaciente.
Se trata de no apresurarse, no interrumpir, no interferir, no interpretar ni juzgar. Dar un espacio. Wu Wei. No hacer.
Solo cuando se da ese espacio seguro podremos pedir si es posible para el impaciente recoger su propia proyección, es decir, si puede espejar la emoción que está proyectando en el otro, emoción que no deja de ser de él mismo. Y si es posible expresarla en presente y primera persona.
Luego hay que dejar trabajar al silencio y ver si se entra en vivencia.
¿Qué te está pasando? ¿Qué se te está moviendo a nivel emocional, a nivel corporal?
¿Qué posibles paralelismos hay entre tu conducta, tu emoción, rabia, miedo o tristeza y la del otro? ¿Qué haces tú para “merecer” lo que pasa? ¿Qué es lo que mantiene esa relación enquistada en el sufrimiento mutuo?
No, en la mayoría de las ocasiones no es necesario hacer toda esta última batería de preguntas. Con ello volveríamos al hacer en lugar de acompañar. Pero probablemente ese es el subtexto que recorre la espina dorsal del impaciente que así se siente tan apoyado como confrontado.
Este ejercicio nos puede ilustrar cómo entramos en el conocido círculo vicioso del “No soy yo, eres tú.” “La culpa es tuya” “Tú eres el que lo provoca todo.” “Ya, ya… y tú más.” Un círculo que hace que el sufrimiento de ambos encubra el dolor subyacente del conjunto.
Y ese dolor necesita ser visto, reconocido, para que deje de generar el tan endémico sufrimiento.
Todo ello se da en el buen curso terapéutico, pero obviamente, como no podía ser de otra forma, también en el discurso cotidiano.
En toda sana y buena relación se debe evitar el juicio y la proyección para disponer de un espacio seguro. Sin él, no hay vínculo sano, no hay escucha, y no hay escusa.
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Foto de Matthew Henry en Unsplash

Manuel no habla sólo desde lo aprendido en los libros, sino, fundamentalmente, desde su experiencia personal, y quizás sea por eso por lo que sus comentarios nos resultan tan fáciles de entender, y sus sugerencias tan claras en cuanto a qué hacer. La conexión y la comunicación con él es directa, cercana y natural.
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