El sufrimiento
Releyendo estos días a Alain Vigneau volvía a ver el carácter identitario que conlleva el sufrimiento. Podría decirse que es el rasgo más íntimo, más diferencial, más competitivo.
En el fondo todos los placeres hasta cierto punto convergen en centros comunes, pero el sufrimiento no. Hay mil y una manera de sufrir o haber sufrido y hacemos de ello seña de identidad.
“Tú no sabes por lo que yo he pasado. Si tú supieras. Eso ha marcado mi vida desde el principio. Yo no sería el que ahora soy si no hubiese tenido que transitar por eso.” Etcétera.
Cuando el sufrimiento se torna identitario se genera un cierto apego a él. Forma parte ya inextricable de nuestra zona de confort, esa que lleva por lema “Mejor malo conocido que bueno por conocer.” Y ahí es dónde Alain pone el dedo, en la llaga. ¿Es el sufrimiento algo adictivo? ¿“Necesitamos” recurrir a él para justificar tanto nuestro aliento como nuestro desaliento? ¿Alivia el compartirlo, aunque sea imposible de transmitir dada su unicidad?
La promesa de transitoriedad y/o trascendencia parece entonces el más común de lo remedios. Todas las religiones e incluso el budismo hacen hincapié en que esto no va a durar.
Pero al margen de todo ello Vigneau reivindica un paso más con el poder dionisíaco del arte, de la locura que todo lo cura, del entusiasmo infantil por vivir y compartir la fantasía de un mundo que, sin dejar de reconocer arañazos y zarpazos, come con gana repartiendo energía e ilusión.
Más que competir por ver quién ha sufrido más se trataría entonces de compartir la energía positiva del momento con quienes permanecen, con o sin razón, enganchados en ese lado oscuro del pesimismo que resulta tan pegadizo. Vale la pena mencionar aquí que acompañar no es salvar ni necesariamente consolar.
No me parece esa mala óptica, puesto que nada es más contagioso que la actitud, y si todos nos dejamos caer en ese arrastrar los pies, mal andaremos.
Ya queda poca gente que vaya con una sonrisa por la calle, gente que te salude con genuino entusiasmo y que te escuche con ganas de apreciarte mejor, no les menospreciemos. Tacharlos de ingenuos, de superficiales es ignorar que ellos también han pasado por dificultades, pero que han aprendido a superarlas y no sólo a sobrellevarlas.
Bienvenidos los locos de la colina que “malgré tout” transmiten tan buenas vibraciones, porque de ellos será el reino de mis amigos.
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Foto de Jacqueline Munguía en Unsplash

Manuel no habla sólo desde lo aprendido en los libros, sino, fundamentalmente, desde su experiencia personal, y quizás sea por eso por lo que sus comentarios nos resultan tan fáciles de entender, y sus sugerencias tan claras en cuanto a qué hacer. La conexión y la comunicación con él es directa, cercana y natural.
Sí que es bonito que te escuchen, pero escuchar es bárbaro, yo llevo la antena puesta siempre y si lo que dicen me interesa, aunque sea mínimamente, aguzo el oído para no perder detalle. He llegado a pedir si podía sentarme con ellos a escucharles.
Tiene que haber algo de nuestra naturaleza humana que nos lleva a ello, fíjate que, permaneciendo en el lugar, podemos dejar de ver de manera natural (cerrando los ojos), pero no podemos dejar de oír de manera natural (sí de modo artificial, aunque no sé si conseguimos anular del todo la audición.
Ufff creo que me estoy poniendo al día, aunque ciertamente tengo ganas de una escucha presencial, que si todo va bien, podría ser en un mes 🙂
Bonita reflexión. Cada vez me gusta más escuchar y escribir que hablar y discutir.
Está claro que se aprende muchos más escuchando que defendiendo lo que ya sabemos.
Muy buenas Manuel,
No hay casualidades, pero vaya, estaba hace pocas horas cambiándome en el vestuario después de haber nadado (poco, el agua estaba desagradablemente caliente y estaba cansada) y me ha venido a la mente mis padres y su enfoque vital. Hay relación y ahora la desarrollo.
Antecedentes de mi evocación en el vestuario de la piscina:
Ayer, junto a Josep y Carmen (a la que conocí en la peregrinación a Montserrat), invitados por el Padre Marc, el rector de nuestra comunidad parroquial, asistimos a una oración-cena-reflexión sobre un texto, organizado por nueve familias que durante los meses de julio y agosto conviven en una masía, en la comarca de La Selva, (me asombró ver lo que ya no se ve: el número de niños y adolescentes era al menos ocho veces superior al de adultos).
La cuestión es que en el camino de vuelta Carmen le dijo al Padre Marc, que ella recién había empezado a reconocer que tenía una herida, y el Padre Marc afirmó que todos tenemos una herida, lo que me resonó a lo que tú dices. (Como ya supongo te imaginas cuestioné esta afirmación)
El caso es que en mientras me secaba y vestía me ha venido a la mente esta conversación, y he pensado ¿mis padres tenían una herida? Desde luego objetivamente tuvieron una infancia no fácil:
– La madre de mi padre llegó a Barcelona en el año 1927 para embarcar con destino a Buenos Aires. Se quedó embarazada y no se fue a Buenos Aires. El padre de mi padre le dio su apellido y creo que ayudaba económicamente. Mi padre le conoció más adelante (aquí hay dos versiones y no sé cuál es la cierta: a los 17 años o cerca de los 30 años), cuando acudió a un bar donde solía reunirse con amigos (lo supo porque se lo dijo su madre)
– Mi padre nació en le año 1928, en la calle San Antonio Abad (Barrio Chino de Barcelona) y vivió allí muchos años
– Desde siempre su madre trabajó. Primero en un bar por cuenta ajena, luego acabada la guerra el dueño del bar se fue y le traspasó el negocio y años más tarde compró un local con un altillo en la calle Muntaner con Diputación, donde abrió una huevería y donde se fueron a vivir.
– Cuando empezó la GC mi padre tenía más de siete años y cuando acabó diez y medio. Los padres de sus amigos del barrio eran anarquistas y se llevaban a “pasear” por Montjuïc a los hospedados en las checas. Mi padre decía de sí mismo que era del socorro rojo. Tenía un maestro que era muy querido para él y que era un referente, y les decía que estaban obligados a denunciar a sus familiares, conocidos o amigos que simpatizaran con los sublevados contra el Gobierno Republicano. Mi padre cuando se peleaba con su madre la amenazaba con denunciarla. Cuando se fletó un barco para enviar niños a la URSS mi padre se fue al puerto para hacer cola para embarcar. Su madre se enteró y se lo impidió. Aunque mi padre no la denunció nunca, dos veces estuvo ante un tribunal popular, pero las bombas sobre la ciudad impidieron que dictaran sentencia.
– Mi padre siempre evocaba esa época con alegría. Recuerdo cuando yo era pequeña e iba de paseo con él que cuando se encontraba con amigos de su edad, rememoraban esos momentos con humor, sin dramatismo. Aunque era nervioso y le vi muy preocupado durante la reconversión industrial (años 80) nunca se quejaba más allá de algunas banalidades y como era muy autónomo, tardó en casarse y había vivido tiempo solo, no tenía ningún problema en ir a comprar, tender la ropa o recogerla. De hecho durante años, finales de los años 70 y primeros de los 80, era el único hombre que iba al mercado a comprar y le llevaban en palmitas (yo creo que iba encantado porque además de ser muy atractivo era bastante presumido).
– Mi madre: nació en 1935. Su padre era director de la única oficina bancaria de Barcelona que abrió con normalidad el 19 de julio de 1936, quizás porque era republicano. De todos modos pronto llegaron las milicias que le obligaron a cerrarlo. Era amigo de Gonzalo López Raimundo, que le aconsejó que se afiliara al PSUC, y así lo hizo. Mi abuela era cristiana y su familia monárquica. Durante la guerra dieron cobijo en su casa a una moja. Al acabar la guerra, mi abuela y mi madre subieron a un autocar que las llevó a Francia. Dejaron el piso al cuidado de la monja. Mi abuelo cruzó el Pirineo a pie. Al cabo de unos dos años mi madre y mi abuela volvieron a España, al piso que le había estado cuidando la monja. Poco después mi abuelo regresó también. Había perdido su trabajo. Una hermana de mi abuela se había convertido en una señora muy rica e influyente y le consiguió varios trabajos. La rabia le hizo malbaratarlos. Desde que mi madre lo recordaba su carácter era hosco, decía mi madre por haber perdido la guerra. Mis abuelos se separaron aunque siguieron conviviendo.
– Mi madre estudió rápido, cuando acabó la carrera preparó oposiciones al Ayuntamiento de Barcelona, que ganó y en 1958 empezó a trabajar y tener un salario con el que ayudó a sus padres. Más adelante pudo comprar el piso en el que vivían.
– Mis padres se conocieron en 1960. En 1962 mi padre trabajaba en Tarragona e iba cada día al trabajo en moto. Tuvo un accidente grave que le dejó inconsciente y así llegó al hospital. Decidió buscar un trabajo en Barcelona. En 1964 se casaron. Su boda fue muy sencilla, en una ermita en Castelldefels sin celebración después (luego supe que mi abuelo, el republicano el afiliado al PSUC, no quería que mi padre se casara con mi madre, porque mi padre no tenía título universitario, ja ja ja).
– Mi madre no se quejó nunca, excepto de lo típico que se quejan las madres: “hazte la cama, recoge la ropa…”
Después de todo este rollo, voy al meollo.
¿Qué nos pasa a los nacidos a partir de 1960? ¿por qué tanta herida, tanto ansiolítico, tanto antidepresivo? ¿por qué somos tan blanditos, y por qué cada nueva generación lo es más? Es tanto el vacío que hace falta rellenarlo con absurdos mayores.
De todos modos, podemos estar tranquilos, en dos o tres generaciones más esto se acaba. En 1960 en España la tasa de fertilidad era de 3 hijos por mujer, en el 2023 de 1,2 hijos por mujer. En España hay 9 millones de perros domésticos, 5 millones de gatos domésticos y 6 millones de niños menores de 14 años, de los cuales un millón cuatro cientos mil tienen menos de 4 años. Dentro de treinta años (yo ya no lo veré), y como no parece que se vaya a revertir esta situación (“no quiero traer hijos al mundo, este mundo es horrible, está tan mal..” pero no se suicidan a pesar de lo mal que está el mundo), no habrá niños, o todos los niños serán aquellos a los que no les gusta el jamón.
En resumen, pareciera que los seres humanos necesitemos el sufrimiento, y si no hay que luchar por seguir vivos, nuestra naturaleza parece que nos exige no estar tranquilos. La naturaleza no consiente estar vacía, y cuando nos vaciamos de lo sobrenatural, lo antinatural ocupa su lugar.
Acabo de darme cuenta de que ya había hecho un comentario a este artículo
Mmm… maravilloso comentario y genial ejercicio de catarsis que no entraré en comentar (puesto eso ya pertenece a la terapia onerosa) 🙏😂😂😂
Sí me quedo, y comparto opinión, en que cuando nos vaciamos de lo sobrenatural (trascendental) lo antinatural (sobreactuado, rígido y artificioso) ocupa su lugar.
Me ha encantado la expresión. Gracias por compartir reflexión.