Ir al contenido principal

El enfado

23 enero, 2025

El enfado siempre acaba siendo con uno mismo, aunque cueste admitirlo. Basta recordar el dicho: “Lo que aceptas te transforma, lo que niegas te trastorna.”

Al hilo de Franz Jalics (Ver post Escuchar para ser) me gustaría esta vez insistir en cómo gestionar un enfado con un ejemplo cotidiano.

Imagina que alguien te dice: “No estoy para nada de acuerdo contigo. Creo que tú lo complicas todo y siempre quieres tener razón. Todo el mundo sabe que es así, aunque no te lo diga por miedo a tener que discutir infinitamente contigo. Yo ya estoy muy desesperado, la verdad.”

En base a ello se me ocurren cinco posibles respuestas (aunque podría haber muchas más) Te sugiero que antes de acabar de leer este artículo escojas la que mejor encaja con tu talante.

  1. No estás entendiendo lo que te quería decir. Por favor, deja de malinterpretar mis palabras.
  2. Esa es tu opinión. Yo la respeto, pero debes reconocer que no tienes razón para ponerte así.
  3. Te entiendo perfectamente. Tienes parte de razón. Sé que debemos cambiar y que tengo que apoyarte más en todo.
  4. Bueno ¿Por qué no intentamos tranquilizarnos, pasar página y empezar de nuevo con más cuidado?
  5. Ya veo. Estás muy molesto por lo que te he dicho, y te has enfadado conmigo.

¿Ya escogiste?

Bien, veamos el resultado previsible a cada respuesta. Si tu opción fue la uno estamos lejos de la concordia. Hay mucho juicio en tu reacción y el debate será previsiblemente sobre lo que es justo o injusto, y ahí el riesgo de subjetividad acelerará los ánimos.

Si tu opción fue la dos, estamos cerca de la primera. Parece algo más “juiciosa” pero nuevamente interpreta sesgadamente quién lleva la razón y quién no.

Si fue la tres, contrariamente nos encontramos con una actitud un tanto “salvadora”. El miedo a la disensión y el conflicto nos lleva a “no querer discutir” y tapar el tema con una escurridiza conciliación que no afronta seriamente el tema. El recelo y el resentimiento por ambas partes van a acechar peligrosamente.

Si fue la cuatro, peor aún. No hay más ciego que el que no quiere ver. Y aquí la aversión a abrir el tema resulta tan evidente que puede enfurecer a nuestro interlocutor, lo muestre o lo calle. Si lo calla, puede fácilmente desembocar en una implosión de silencio pasivo agresivo.

La cinco por fin sería la que mejor responde a una mirada fenomenológica. Y es que sentirse visto (empáticamente escuchado) resulta esencial para acotar la curva de la hostilidad y poder entrar luego, tras todo el “vómito emocional” a hablar y enjuagar el conflicto.

Más Podcasts en Spotify Terapia Existencial

Foto de Debashis RC Biswas en Unsplash

Comentarios (2)

💬 Comparte tu opinión

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *