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¿Bailas?

23 junio, 2022

Es sin duda cierto que en los grandes momentos de la vida uno está solo. Puede que se sienta acompañado, arropado, apoyado… pero en verdad uno está solo ante la muerte, ante la incertidumbre y ante la vida.

Solamente una madre (o quizás un padre) pueden llegar a asumir con cierta naturalidad ese valor incondicional de secundar nuestra vida (y nuestra muerte) Pero una vez desaparecidos o desfondados esos “suelos” (y consuelos) la desnudez de sentirnos en primera línea de fuego se revela demoledora. Es entonces cuando la espiritualidad trascendente toma mayor protagonismo.

Cuando uno está perdido, sólo, desamparado, empieza a rezar, a meditar, a buscar consuelo o compasión denodadamente. Porqué sólo cuando la realidad exterior es más insegura, uno necesita imperiosamente encontrar en su vulnerabilidad interior fuerzas de flaqueza.

Todas las religiones han jugado un papel crucial en esa tesitura, e incluso la filosofía y la psicología se han instituido como opciones a tener muy en cuenta, pero, de entre todas ellas, yo me quedo con el zen y el existencialismo como pilares a los que atarme frente a los avatares que me pueda deparar este viaje.

Mi elección viene avalada por la razón, sí, cualquier ente o personaje ajeno, llámese Dios, Alá o profeta, me invita a pensar en una espiritualidad infantil, de cuento, que puede resultar útil para muchos, pero no para mí que, por gracia o desgracia, he afilado el juicio crítico con demasiadas lecturas al respecto.

Pero sobre todo mi elección se fundamenta en la emoción, la viva convicción de que todo esto tiene un sentido. Ahí me declaro fan de Víktor Frankl y todos los que le siguieron. Somos buscadores de sentido y desde ahí sí se me hacen más cercanas las lecturas no maniqueístas que, sin juzgar bien o mal, ponen el acento en la integración, en la compasión como elemento clave para hacernos cargo de nosotros mismos y del vínculo que nos une al regalo de esta vida.

Por otro lado, el zen (especialmente en su tradición Soto) me acaba por traer al presente, a lo cotidiano, a lo inmanente como esencia misma de trascendencia. Lo concreto, lo hecho, lo que no necesita explicación ni demostración es paradójicamente la fuente de lo mágico, lo misterioso, lo que necesita ser revelado y exteriorizado. Vacío y plenitud conviviendo en toda su dimensión. Karma y Dharma, Samadhi y Satori son todo Nirvana. Ahí quiero llegar.

Nada está bien ni está mal o, mejor dicho, todo está bien en cuanto me conecta con el otro y nos tendemos la mano para unir pasado y futuro en un baile sin fin (en un espectáculo en el que los protagonistas entran y salen sin que pare la música, ni en verdad el baile desaparezca)

Foto de Ahmad Odeh en Unsplash

Comentarios (2)

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